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"Parafilias", Màrius Serra

Esto es una microescena cotidiana en un bus de la línea 19 en el paseo Maragall de Barcelona. La protagonizan una señora mayor y una madre joven que viaja con su hijito. Soy incapaz de precisar su edad, pero mi pronóstico es que el rapaz tiene entre dos y tres años. La señora lleva una bolsa con dos barras de pan y el niño tiene hambre. Durante el largo trayecto que separa tres paradas de bus el niño pide a su madre que le dé un trozo de pan de la señora, cada vez con más insistencia. La señora hace caso omiso, los otros pasajeros miramos el móvil y la madre habla con el niño en una voz más alta de la cuenta, en aquel tono que empleamos los adultos cuando queremos que nuestros mensajes lleguen de forma indirecta a otros interlocutores. Todo el mundo se da cuenta de que las palabras presuntamente tranquilizadoras de la madre incluyen mensajes destinados a convencer a la señora mayor para que le dé un trozo de pan a su hijito.

El sistema educativo tiene que asumir padres malcriadores, subyugados por la monarquía absolutista de sus hijitos

La petición del niño se acerca a la pataleta y las palabras de su madre, a la impertinencia, cuando el bus vuelve a parar y la señora del pan baja, sospecho que antes de tiempo. Al ver que las barras de pan se alejan definitivamente de su boca, el niño rompe a llorar. El resto de los pasajeros seguimos mirando el móvil en silencio, incomodados por la pataleta del nene y entonces la voz de su madre resuena en todo el bus, liberada de la convención de parlar con su niño: "Cómo es la gente! ¿Tanto le costaba darle un trozo de pan?". Lo suelta indignada, como buscando nuestra aprobación. Nadie responde. Por momentos, crece la fuerza de la gravedad que ejercen las pantallas de los móviles sobre los ojos.

El episodio acaba aquí. Así. Una mujer mayor que no tiene ganas de compartir el pan y una madre joven que no entiende cómo alguien puede negarle nada a su hijito. En su absurda reacción está otro de los problemas graves que afronta el sistema educativo. Pobre sistema educativo, verdadero pararrayos de necesidades sociales: acogida, nutrición, inclusión, salud, educación viaria...

También debe asumir muchos padres jóvenes malcriadores, subyugados por la monarquía absolutista de sus hijitos. Todos los que hemos sido padres conocemos la intensidad del afecto que despiertan los hijos y los que, además, hemos vivido la desgracia de perder un hijo conocemos la intensidad del dolor que provoca su ausencia. Pero cuando la paternidad es parafilia el afecto provoca ahogo. El niño tiene hambre y ve pan. Lo pide. La señora compró sus barras y las quiere enteras. Lógico. Pero la madre cree que el mundo tiene que vivir pendiente de su hijito. Lo ama como se ama un narcisista que ha sustituido el espejo plano por otro volumétrico que refleja su rostro rejuvenecido, inocente y adorable.

17-X-16, Màrius Serra, lavanguardia