"Garzón, símbolo", Jordi Graupera
El caso Garzón es el símbolo de la justicia española. Es el símbolo de la arbitrariedad que todo lo impregna y lo corrompe. El símbolo de una manera de hacer y de ser que hace posible, a la vez, que Garzón sea culpable de prevaricación y víctima de una persecución. Y el símbolo también del sectarismo que caracteriza la reacción de la mayoría de los estamentos políticos, académicos y periodísticos ante cualquier polémica. Nada nuevo, ya lo sé, pero siempre vale la pena hacer inventario.
El ex juez Garzón ordenó que se grabaran indiscriminadamente todas las conversaciones de unos acusados de corrupción que se encontraban en prisión preventiva, en especial las conversaciones con sus abogados defensores. Esta violación de la confidencialidad, la ley y la doctrina sólo la permiten siempre que no se vulnere el derecho de defensa, en casos muy especiales, que deben estar muy justificados y, desde 1994, limitados exclusivamente a los acusados de terrorismo. Que Garzón creyera que esta escandalosa violación del derecho de defensa podría llegar a colar sólo indica que en nuestro sistema judicial son habituales las prácticas propias de "regímenes totalitarios", como dice la sentencia que lo condena.
No es la primera vez que Garzón protagoniza una de estas prácticas: en 1992, de cara a los Juegos Olímpicos, ordenó la detención indiscriminada de 38 independentistas catalanes acusados de terrorismo. La gran mayoría no fueron condenados y declararon haber sido torturados. Aunque todos hubieran sido culpables, Garzón tenía el deber de investigarlo y no lo hizo, a pesar de los informes forenses. Años después, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos de Estrasburgo condenó al Estado español por no investigar los hechos, con las evidencias disponibles. Las explicaciones del abogado del Estado que negaban la negligencia -¿prevaricación?- del ex juez causaron estupor en Estrasburgo.
La peor consecuencia del caso Garzón es que las escuchas ilegales han abierto una inmensa vía de escape para los imputados del caso Gürtel. Tampoco es la primera vez que una instrucción deficiente de Garzón beneficia a un delincuente. Más allá de eso, está el indicio de persecución. Un juez que ve normal una actuación así es un juez amparado por un sistema. ¿Por qué no lo procesaron cuando Estrasburgo condenó al Estado por el caso de las torturas? La diferencia no está en el caso, está en la persecución. Ahora, jueces conservadores y progresistas, por unanimidad, se deben haber cansado. Hay quien querrá entenderlo como un episodio más de la guerra izquierda-derecha, o más bien, PSOE-PP, que se libra en todas las instituciones españolas. Puede ser. Y es así que pertenecer a la izquierda acaba significando hacer la vista gorda ante la violación del derecho fundamental de defensa, mientras que poner en evidencia la ignominia de un juez prevaricador significa estar en la trinchera de los posfranquistas. Así son los españoles. Garzón es el símbolo de su sistema.
11-II-12, Jordi Graupera, lavanguardia
