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"El chantaje sentimental", Laura Freixas

Estoy leyendo un libro extraordinario: la novela secreta –no la publicó en vida, y la firmó con seudónimo para más seguridad– de Elena Fortún; sí, la creadora de Celia, aquel personaje infantil tan famoso antes de la guerra. Apareció en una bolsa de viaje llena de papeles que estaba en posesión de su nuera, se titula Oscuro sendero y es la historia, seguramente autobiográfica, de cómo una niña que “quería ser mayor, pero no quería ser mujer”, termina haciendo exactamente lo que no quería: casarse, ser madre, llevar la casa, servir a su marido, renunciar a su vocación artística... ¿Y por qué? Porque como todo el mundo, necesita que la quieran. No me refiero sólo a tener pareja –de eso, en última instancia, se puede prescindir–, sino a que tu madre, tu padre, tus vecinas, tus hijas e hijos si los tienes, tus conocidos... te valoren y te reconozcan. De tener un lugar en la sociedad.

Es impresionante la lucidez con que la autora diseca los mil mecanismos más o menos sutiles que van empujando a las mujeres hacia su papel tradicional, aunque no quieran: desde el miedo a la violación, que impide pasear, viajar, circular tranquilamente, hasta el miedo a la soledad (esa que se le profetiza a cualquier mujer que no tenga hijos); desde el amor a los padres (que temen por ti si eres distinta) hasta el agotamiento, cuando ya no podemos más de ir a contracorriente; desde el modelo de la Virgen María hasta el contramodelo de la solterona pobre y mar­ginada... ¿Estamos hablando del pasado? Fortún nació en 1885, pero una autora catalanomarroquí y otra andaluza, nacidas casi exactamente un siglo después, cuentan historias, salvando las distancias, parecidas: me refiero a Najat El Hachmi con La filla estrangera y a Carmen G. de la Cueva en Mamá, quiero ser feminista. Si no saben a qué me refiero, fíjense en el anuncio de la Lotería Nacional de este año. Presenta a una mujer a la que su familia ama porque, y en la medida en que, entrega su tiempo, su dinero, su vida, a los demás. (Un sentimiento tan egoísta ¿merece el nombre de amor?) Los tiempos de Elena Fortún eran menos sutiles, pero el mecanismo es similar. Ya no hay coerción, como cuando la desigualdad era por ley, sino persuasión y halagos. Ay, cómo se le ve el plumero al anuncio ese de la lotería. Les dice a las mujeres lo mismo que le dice todo el mundo a la protagonista de Oscuro sendero: te amaremos a condición de que nos sirvas.

15-XII-16, Laura Freixas, lavanguardia