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no se trata de currar, sino de estar en el curro

Ramon Gausachs ha descubierto ahora que el calvario padecido hace diez años en su puesto de trabajo (es funcionario) tiene nombre. Este trabajador público con plaza fija por oposición en una administración local de Barcelona tiene hoy, claro como nunca, que fue víctima de boreout , el síndrome del trabajador aburrido. “Cuando sufrí ese infierno en mi puesto de trabajo estas situaciones, o más bien habría que decir abusos laborales, no estaban definidas, ni estudiadas. Era cuando se empezaba a hablar de mobbing, palabra que entonces muchos ni tan siquiera escribían bien”, recuerda Ramon.

Este funcionario ha decidido sacar a la luz ahora su caso tras leer una información publicada en La Vanguardia en la que expertos en temas laborales, abogados y trabajadores víctimas de boreout coincidían al alertar sobre el incremento (principalmente en la administración) de víctimas de este síndrome. Empleados apartados de sus tareas, pero a los que se sigue pagando el sueldo porque sale más rentable mantenerlos en nómina que despedirlos. Trabajadores que acaban desquiciados y precisan atención psicológica por que no superan el hecho de no tener ocupación alguna. Lo que podría parecer un chollo para muchos empleados que nunca han pasado por ese trance, acaba siendo un infierno para esos trabajadores consumidos día a día por el aburrimiento.

Cuando sufrí ese infierno en mi puesto de trabajo estos abusos no estaban definidos, ni estudiados”

El caso de Ramon Gausachs, escuchada su versión, parece sacado de un manual de boreout. Este hombre tenía desde muy joven vocación de funcionario, de servicio público. En 1988, después de haber trabajado en la universidad y el Ayuntamiento de Sabadell, aprobó unas oposiciones en una importante administración local de Barcelona. Lo hizo con nota y se incorporó a su nuevo puesto de trabajo “con toda la ilusión y muchas ganas”, recuerda. Al principio todo iba sobre ruedas, pero la llegada en 2005 de una nueva jefa a su departamento lo torció todo. “Esta mujer empezó a arrinconarme con la intención de que me fuera”, asegura Ramon. Aún no comprende qué pasó, pero el nuevo ambiente laboral pasó factura en la salud mental de este funcionario, obligado a coger la baja dos veces en pocos meses. Cuando se reincorporó, en su puesto había ya otra persona. Cambio de sitio, pero con la misma jefa. Y fue entonces cuando empezó el verdadero calvario. “Me vaciaron de todo trabajo. Llegaba a las ocho, fichaba, y me iba a las tres de la tarde. En todas esas horas no tenía nada que hacer”, revela ahora Ramon.

Cuando se reincorporó, en su puesto había ya otra persona, y fue entonces cuando empezó el verdadero calvario Cuando se reincorporó, en su puesto había ya otra persona, y fue entonces cuando empezó el verdadero calvario (Xavier Cervera)

Esa inactividad duró seis largos meses en las que este funcionario no realizó, asegura, ni una sola tarea. “Día tras día me hacía la misma pregunta: ¿por qué los ciudadanos tienen que pagar con sus impuestos el sueldo de un funcionario al que sus jefes no encomiendan tarea alguna”. Ramon Gausachs dejó pasar ese medio año de aburrimiento (sin ninguna otra baja laboral) para cumplir el plazo que entonces exigía Inspección de Trabajo para aceptar “una denuncia por lo que en aquella época se empezaba a conocer como mobbing”. El hombre narró su infierno a aquellos inspectores, convencido de que ellos serían sus “salvadores”. Nunca imaginó que podía perder un caso tan claro para él. Pero ocurrió. Inspección de Trabajo concluyó en su informe que no había pruebas de que los jefes de ese funcionario no le encomendaran ninguna tarea, ni tampoco que fuera víctima de abusos laborales. La denuncia de Ramon cayó en saco roto y al perder esa primera batalla con los inspectores “ya no tuve ánimos de acudir a los tribunales, convencido de que un juez haría hecho más caso a la Inspección de Trabajo que a todo lo que yo pudiese contarle”. Ramon sigue en su mismo puesto de trabajo. Desde su denuncia las cosas han mejorado, afirma, pero las secuelas de ese calvario siguen ahí.

, Lleida

12/09/2016 lavanguardia