RADICAL
radicalparty

"Los intelectuales y la política", Ferran Requejo

La noción de “intelectual” es más europeocontinental que anglosajona. En el mundo de habla inglesa predomina más bien la figura del experto y es más escéptico respecto de las explicaciones y evaluaciones generales hechas por un mismo autor sobre temas políticos, sociales y culturales.

Une délégation d'intellectuels, composée de (GàD) Pierre Nora, Michel Foucault, Jean Daniel et Alain Finkielkraut quitte le palais de l'Elysée, le 14 septembre 1982 à Paris, où ils étaient reçus. Por otra parte, las relaciones de los intelectuales con la política distan de ser una relación sencilla y unívoca. La experiencia del siglo XX muestra multitud de ejemplos de personas culturalmente reconocidas y socialmente influyentes que se han equivocado radicalmente sobre el significado, por ejemplo, del nazismo o el comunismo. Los totalitarismos han seducido a buena parte de los intelectuales europeos. Algunos los justificaban en términos de una necesidad temporal dentro de una lógica histórica de “progreso”. El añorado Manolo Vázquez Montalbán resumía estas alucinaciones teóricas con su ironía habitual: “¿ Cómo es posible que unas personas tan inteligentes puedan llegar a ser políticamente tan aleladas?”.

El tema del “impulso erótico” hacia la verdad se ha presentado desde los tiempos clásicos como una lucha entre las pulsiones moral-racionales en busca de la verdad y las pulsiones pasional-irracionales. La referencia es el diálogo Fedro de Platón. La alegoría es un auriga (la razón) que trata de controlar un carro tirado por dos caballos que representan aquellos dos tipos de pulsiones. Naturalmente, le cuesta mucho que los dos caballos avancen en una misma dirección hacia el deseado mundo de las ideas. La conducción siempre es ­difícil y el resultado incierto. Puede acabar en de­sastre.

Veamos algunos ejemplos dispares de esta tensión: Heidegger defiende una metafísica de Sery legitima el nazismo, dos cosas que hoy parecen lo bastante congruentes entre ellas. Sartre reflexiona con una indiscutible densidad en El ser pero justifica hasta muy tarde las atrocidades del estalinismo. Incluso Benjamin muestra un trasfondo intelectual errático, que va desde la influencia primigenia de Carl Schmitt hasta escritos marxistas que le son intelectualmente incómodos y que, de hecho, no se avienen mucho con sus lúcidas críticas del arte contemporáneo. La oleada de los maîtres-à-penser franceses (Fou- cault, Glucksman, Derrida, etcétera) apoyó a Mao o a la revolución iraní. Un aire de familia ­recorre los proyectos de milenaristas, puritanos, jacobinos, bolcheviques, fascistas, maoístas, fundamentalistas religiosos, et­cétera.

Como mínimo hay cuatro componentes, combinados en intensidades diferentes, que explican estas derivas: 1) Una “voluntad de poder” de influencia política, a menudo ­poco disimulada. 2) La tendencia a las dua­lidades analíticas de la “tiranía de la mente discontinua” ( R. Dawkins). 3) Una simple falta de conocimientos científicos o históricos, escondida por el hecho de razonar desde una supuesta superioridad analítica o moral, y 4) Las presunciones epistemológicas de la “falacia de la abstracción”.

Denomino falacia de la abstracción a la pretensión que un ra­zonamiento es analíticamente más profundo y definitivo cuando incluye los términos más abstractos posibles en el lenguaje de la argumentación. Se trata de una falacia que transita por dos vías que in­ducen a error: A) crear la sensación de que si se sube el grado de abstracción de los términos analíticos, el razonamiento tiene más alcance empírico (cosa notoriamente falsa), o B) construir una estrategia retórica que rehúye los puntos conflictivos bajo la apariencia que se ha llegado al meollo del problema. Estas dos vías se presentan a menudo como el paso de la “anécdota a la categoría”, un camino que no siempre resulta adecuado ya que hace perder la riqueza informativa inherente a los casos concretos que analizar. Algunos filósofos muestran una repetida tendencia a caer en esta falacia. Sin embargo, Hegel, precisamente Hegel (!), uno de los filósofos más abstractos y de lenguaje más oscuro, ya advertía sobre este espejismo epistemológico.

Naturalmente, en las democracias del siglo XX también ha habido intelectuales mucho mejor orientados en términos epistemológicos y políticos. La lista también es larga: Russell, Camus, Aron, Berlin, etcétera.

Platón se equivocaba en la alegoría. En el ámbito político no es conveniente que el auriga sea la razón teórica. Sabemos que la razón crea monstruos y que los productos teóricos del lenguaje producen espejismos que nos fascinan. Hace falta que el auriga sean las prácticas institucionales de las democracias liberales, estos productos históricos de aluvión que tanto ha costado conseguir. A pesar de todas sus limitaciones, son los mejores productos políticos que la humanidad ha sido capaz de generar. El foco de los análisis hay que situarlo en las realizaciones prácticas, no en las declaraciones ideológicas. Y eso se ha pensado mejor desde Amsterdam, Londres, Filadelfia o Toronto, que desde Berlín, París, Roma o Moscú.

Acabemos de una forma más estival. Una conocida definición dice: “Un intelectual es alguien que ha encontrado algo más inte­resante que el sexo” ( E. Wa­llace). ¡Muy buen verano!

24-VII-17, Ferran Requejo, lavanguardia