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"Violencia y religión", Michel Wieviorka

El islam, visto desde Europa, no es una religión lejana y distante con la que no habría, en tal caso, ningún pasado común. Existe una historia de contactos, de interpenetraciones, de violencias, de guerras, de cruzadas, de conquistas y reconquistas. Sin embargo, no podríamos mejorar nuestra comprensión del terrorismo islámico concentrándonos para el caso en su carácter propiamente religioso y en lo que nos enseña la historia de las religiones, y no sólo la del islam.

Resultat d'imatges de cruzadosExiste la tendencia a minimizar la ­dimensión religiosa del islam. Hasta el punto de que un experto mundialmente reconocido, Gilles Kepel, se preocupa al observar que la investigación se interesa únicamente en las lógicas sociales y políticas, incluso geopolíticas, en nombre de las cuales se forman los protagonistas terroristas, ignorando de este modo las dimensiones propiamente religiosas de su acción. Lo esencial es religioso, explica Kepel, no la radicalización psicosocial; la islamización de los terroristas no es la simple conclusión de trayectorias yihadistas nacidas de la crisis de las barriadas populares o de las dificultades que experimenta la integración de los inmigrantes.

Consideremos, pues, la yihad contemporánea, Al Qaeda, el Estado Islámico (EI) y su acción mortífera a la luz de la historia de las guerras santas de la cristiandad, de la violencia librada en nombre de Jesús, o el martirio en el Occidente cristiano, desde los primeros tiempos del cristianismo hasta nuestros días , con ayuda por ejemplo de los trabajos del historiador Philippe Buc ( Holy war, martyrdom and Tterror. Christianity, violence and the west, University of Pennsylvania Press, 2015).

Una cuestión se nos presenta de inmediato: abundan las semejanzas hasta el punto de suscitar la hipótesis de una constante an­tropológica observada en la forma en que la religión puede nutrir la violencia; de modo común, en los monoteísmos, ya se trate de los inicios del cristianismo, de las cruzadas o de las guerras de religión o bien de los actos de violencia impulsados en nombre del islam. Mejor aún: el periodo moderno que nos llevaría a la apreciación de que la violencia política en Occidente se ha secularizado, sin probablemente haberse desembarazado por completo de toda referencia cristiana; sería, más bien, poscristiana, como puede observarse en los discursos que justifican las guerras de los siglos XIX y XX o en los de los terroristas de extrema izquierda como los de la Fracción del Ejército Rojo en Alemania, intensamente impregnados de categorías cristianas que se hallan en ciertos aspectos en el islamismo actual.

Hoy como ayer, tanto en el islam como en el cristianismo, la violencia extrema es resultado de una decisión de carácter teológico a cargo de los correspondientes prota­gonistas situados entre dos lógicas, correpresentadas en numerosas experiencias históricas; por una parte, existe la preocupación por apartarse de un mundo que se considera impuro y, por tanto, la retirada, el repliegue sobre sí mismo y, por otra parte, la violencia purificadora que permitirá purificarse uno mismo y obligar a los otros seres humanos a purificarse. Los expertos que se interesan en el martirio islámico insisten sobre lo que le distinguiría de su homólogo cristiano de tiempos pasados: este último estaría hecho de ejemplaridad, no sería combatiente mientras que, hoy, los yihadistas ofrendan su vida destruyendo otras. También, en este caso, la verdad histórica propicia la reflexión, pues, a menudo, la violencia santa cristiana ha conjugado, en estado de tensión, una lógica de la ofrenda de su vida y un compromiso en un combate sin piedad, por ejemplo en ciertas cruzadas.

Podrían multiplicarse los ejemplos, mostrando que no todo es nuevo en el terrorismo islámico contemporáneo, a partir del momento en que se considera que se trata efectivamente de un fenómeno religioso y no sólo, o no necesariamente, social y político. Cabe extraer enseñanzas del análisis de las formas cristianas de la violencia.

Tal enfoque podría alimentar provechosamente los esfuerzos por hacer frente al islamismo en su misma fuente, cuando almas jóvenes adoptan la decisión de comprometerse en la yihad o de acercarse a ella: la desradicalización de los programas que se presentan en muchos países para resocializar a los jóvenes que han querido unirse al EI en Siria y en Irak, no puede pasar por alto la fe de estos protagonistas, movidos por con­vicciones religiosas y decisiones de carácter teológico y no sólo decididos por las difi­cultades propias de su anterior integración. De igual modo, el conocimiento de la historia cristiana en Occidente puede aportar materia para reflexionar sobre las políticas públicas y la diplomacia de los países europeos cuando estos se interesan en el salafismo. Este no hace más que proponer a las ­comunidades musulmanas una reeducación moral, un quietismo pacifista; y esto no es más que la primera de las dos caras de una misma medalla. El salafismo comporta también una elevada probabilidad de ver, a ­quienes parecían hallarse en retirada, caer más o menos bruscamente en una violencia desbocada.

Tenemos también interés en conocer el pasado y más aún nuestro pasado occidental, cristiano, para reflexionar mejor sobre un presente que presenta con él similitudes históricas y que obedece quizá incluso a una cierta constante antropológica.

29-VII-17, Michel Wieviorka, lavanguardia