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"Preguntas inocentes", John Carlin

Catalunya aparece en los medios aquí en Londres todos los días. Salgo al pub o voy a una cena y el tema siempre sale en conversación. Resulta que ocurre lo mismo en todo el mundo. Un amigo que acaba de estar en Sri Lanka (sí, Sri Lanka) me cuenta que el lío hispano-catalán está generando enorme interés por esos lares. Me dicen que en Bosnia lo mismo. A mí me escriben todos los días amigos de ­Argentina, México, ­EE.UU., ­Sudáfrica o Canadá preguntándome qué demonios está pasando.

Con el fin de que los lectores catalanes y españoles (o las dos cosas a la vez, según los gustos) tengan una mejor idea de cómo les miran hoy desde fuera, les paso una breve lista de algunos de los comentarios y de algunas de las preguntas más frecuentes, muy inocentes en casi todos los casos, que estoy oyendo...

Que un Gobierno convoque elecciones y que acto seguido el sistema judicial meta presos a los líderes de la oposición es, sin duda, una jugada novedosa, al menos en una democracia. Comentaba un amigo sudafricano que debe haber otros gobiernos que sueñan con poder hacer lo mismo, como por ejemplo el suyo, el del presidente Jacob Zuma, o el de Donald Trump.

Pregunta: ¿contarán dichas elecciones con la más mínima legitimidad nacional o internacional?

Ni Carles Puigdemont, el periodista más famoso del mundo, ni ninguna de las otras figuras independentistas han inspirado mucha confianza. Transmiten un aire de adolescentes pícaros, a veces confusos, y lo del exilio en Bruselas se ha visto en el extranjero, al menos hasta ahora, como un episodio más cómico que transcendental. Pero aun así la intención de voto independentista sigue en alza, según las encuestas.

Pregunta: ¿es tal la fuerza del sentimiento antiespañolista que si el Pato Donald se presentase a elecciones como principal candidato del independentismo el resultado seguiría siendo igual?

A un par de abogados con los que he hablado les resulta extraño que el arrebato infantil que condujo a la manifiestamente teatral declaración unilateral de independencia sea calificado por la ley como “rebelión y sedición”.

Pregunta: ¿va en serio esto de que podrían condenar a los políticos catalanes presos a 30 años de prisión, como si hubiesen matado a alguien?

Una periodista inglesa me comentó, atónita, que había leído que cientos de representantes oficiales del Partido Popular habían sido imputados por corrupción pero que casi nadie había ido a la cárcel.

Pregunta: ¿con qué autoridad moral el Gobierno del Partido Popular insiste en que está actuando en Catalunya en defensa de la ley?

Antes del referéndum escocés del año 2014, David Cameron, el primer ministro británico, dijo que se le “rompería el corazón” en caso de que los escoceses decidieran separarse del Reino Unido.

Pregunta: ¿el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, siente el mismo dolor cuando contempla la noción de una ruptura con Catalunya?

Se especula desde fuera, y más entre aquellos que han seguido con fascinación durante años la feroz rivalidad entre el FC Barcelona y el Real Madrid, que en el fondo lo que motiva al independentismo catalán y lo que en el fondo motiva la línea dura del Gobierno de Rajoy es el odio al otro.

Pregunta: ¿quién odia más a quién? ¿Los catalanes a los españoles o los españoles a los catalanes?

Aún desde la distancia a mucha gente le resulta claro que la fuerza del movimiento independentista proviene más del corazón que de la cabeza, que los sentimientos de sus seguidores se mueven en un terreno emocional, como respuesta a las acciones y las palabras de los que mandan en la capital española.

Pregunta: si dejasen en libertad a los presos, si dieran marcha atrás con el artículo 155 de la Constitución, si permitiesen un referéndum de verdad y los ánimos se calmasen lo suficiente como para que los catalanes pudieran pensar con la mente fría, ¿seguiría siendo concebible que una mayoría votase a favor de la independencia?

10-XI-17, John Carlin, lavanguardia