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Afrin, el enésimo kurdicidio (o la recompensa por haber vencido al Estado Islámico)

Resultat d'imatges de "Save Afrin"Cuando todavía resuenan los estertores de la liberación de Raqa y Mosul, el presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, no ha podido esperar más, “nunca vamos a permitir que se cree un Estado (kurdo) en el norte de Siria, cueste lo que cueste”. Y ha lanzado la operación Rama de Olivo, una ofensiva militar en Afrin, enclave con mayoría kurda en el norte de Siria.

La región, conocida como l a Montaña de los Kurdos, está surcada de norte a sur por el río Negro, rodeada de colinas y fértiles valles, poblados de frutales y olivos.

Si los turcos logran el objetivo, crearán una extensa zona de seguridad a lo largo de la frontera entre ambos países. Ya lo han intentado, sin éxito, en más de una ocasión, y saben que se trata de una maniobra difícil, ya que está muy bien fortificada y los kurdos cuentan con 10.000 combatientes.

Después de la derrota del Estado Islámico (EI), el siguiente partido se juega en este cantón, controlado por milicias kurdo sirias a las que Turquía considera parte del PKK, la guerrilla a la que Ankara y Occidente dan trato de organización terrorista.

Afrin no es una batalla más de la que puedan zafarse los gobiernos occidentales, como ya hicieron con el referéndum kurdo en Irak. A las partes implicadas en este nuevo conflicto les merece la pena luchar por el dominio de un lugar muy estratégico. Empezando por un pueblo irredento sin Estado propio, compuesto por 40 millones de kurdos, fragmentados entre Turquía (15 millones), Irán (8 millones), Irak (7 millones), Siria (2 millones) y la diáspora.

Resultat d'imatges de "Save Afrin"Su pretensión siempre ha sido poseer una tierra en la que unificar sus efectivos dispersos sin ser perseguidos por sus vecinos. La cuestión sigue sin estar resuelta desde que, a principios del siglo XX, los ingleses delimitaron los estados actuales.

Sus aliados, a los que han apoyado con bravura en la lucha contra el EI, aunque pensando también en sus propios intereses de futuro, siguen mirando para otro lado. Proxies cuando se les necesita, amigos para olvidar cuando no hacen falta.

Así que no entienden por qué Washington habría dado luz verde a la ofensiva contra Afrin, con la intención de aplacar a un Erdogan furibundo con el anuncio americano de entrenar a 30.000 soldados a los que acantonar a lo largo de la frontera. La peregrina razón esgrimida es que, en este caso, los kurdos de Afrin no son aliados.

El respeto, cierto, hacia los kurdos sirios se explicaría porque han demostrado ser políticamente responsables, buenos administradores y eficaces militares.

Con poco equipo militar (suministrado por la CIA y el Pentágono) pero abundante disciplina, fueron los primeros en quebrar –en Kobane– la imparable expansión del Estado Islámico, y su prestigio creció en los años de plomo, luchando pueblo a pueblo, en el norte de Siria y en el sur de Irak, hasta conseguir sacar al Estado Islámico de sus bastiones en Raqa, Mosul y Deir Ezzor.

Afrin, como el resto de las regiones kurdas en Siria, tiene un sistema de gobierno que consagra los derechos de las mujeres y las minorías étnicas, valores democráticos que chocan con la deriva autoritaria de Erdogan, que sigue ­encarcelando a ciudadanos a mansalva desde el verano del 2016.

La defensa de Afrin es crítica para ellos. Y todo es posible, desde una revuelta contra sus aliados y aquellos estados donde están asentados, hasta el efecto dominó que podría cambiar las fronteras de Oriente Medio y tener efectos en la cohesión de la OTAN.

Turquía nunca ha disimulado que su prioridad, antes que combatir al Estado Islámico, era aplastar a los kurdos de Siria, la pesadilla de Erdogan, que les ha considerado su principal enemigo, en tanto el EI era un rival con quien compartía ambiciones.

Manifestación de kurdos libaneses contra la ofensiva de Turquía en Afrin ante la embajada de Estados Unidos en Beirut Manifestación de kurdos libaneses contra la ofensiva de Turquía en Afrin ante la embajada de Estados Unidos en Beirut (AFP)

El diseño de Ankara pasaría por anexarse el norte de Siria, tal como hicieron con el norte de Chipre, expulsar a los kurdos de Afrin y
reasentar la zona con refugiados sirios. No hay que olvidar que Turquía acoge a más de tres millones de refugiados sirios en su territorio, con peaje a cargo de la Unión Europea.

La ofensiva turca contra las milicias kurdas ha tensado, aún más, las frágiles relaciones entre dos aliados en la OTAN que están luchando con y contra el mismo socio, las Unidades de Protección Popular (YPG) y su componente femenino (YPJ), mujeres que luchan con bandera y mandos propios y que, con ocasión de la ­reciente muerte de una combatiente, no se han achantado: “Resistiremos hasta la última gota de nuestra sangre. Afrin será el cementerio del fascismo”.

Desde el punto de vista militar turco, la invasión de Afrin no parece que tenga mucho sentido porque es muy costosa, causa fricciones internas y los objetivos no acaban de estar claros. La agresión a los kurdos no producirá beneficios a Turquía, pues sólo la paz le resultaría ventajosa. Pero la determinación turca es absoluta.

Para Estados Unidos, que necesita seguir usando la base aérea de Incirlik y no parece que vaya a extraditar al clérigo Fethullah Gülen, al que su antiguo socio endosa la responsabilidad del extraño ­golpe de Estado en el verano del 2016, el punto de no retorno sería que los turcos llevasen el conflicto armado allí donde están acan­tonadas las fuerzas americanas. Una incursión en Manbij, con la que habría amenazado Erdogan, tensaría la cuerda al extremo, ya que supondría que los turcos entrarían en contacto directo con esas unidades de operaciones ­especiales.

En el avispero de Oriente Medio, Rusia, con su implicación en Siria, es actor protagonista, como prueban los tanteos que han aproximado a ambos países, cuyas relaciones eran glaciales desde que cazas F-16 turcos derribaron, con misiles aire-aire, un Sukhoi Su-24 ruso, “una puñalada en la espalda por parte de cómplices de los terroristas”.

El apoyo ruso a las operaciones turcas en Afrin, facilitando el uso del espacio aéreo sirio, podría confluir en un enfrentamiento en que podrían verse implicados, en un prolongado conflicto, dos países miembros de la OTAN (Estados Unidos y Turquía).

Si las tropas turcas se vieran arrastradas a una lucha sin cuartel en ese enclave, con malas noticias para Ankara, lo que no cabe descartar, Erdogan, que está pensando en las elecciones del 2019, podría verse cuestionado por una parte del electorado turco.

Ambas partes ya se están infligiendo daños, y las fuerzas turcas ya han cometido los primeros errores, dañando un conjunto de gran valor –leones de basalto tallados– en un antiguo templo construido por los arameos en Afrin y arrancando miles de olivos en la región.

El temor en Occidente es la insurgencia de un nacionalismo kurdo, en Irak, Irán y Turquía, porque lo que pase en Afrin no repercutirá solamente en el norte de Siria. Afectará a todos esos países y tendrá consecuencias para Occidente, que tendrá que decidir qué quiere hacer en Oriente Medio, más allá de seguir con retóricas declaraciones como promover la paz, la estabilidad y la democracia.

El pueblo kurdo ha sacrificado una generación de jóvenes –hombres y mujeres– en la lucha por liberar al mundo del Estado Islámico. A ello hay que añadir los cientos de miles de sirios que han muerto o han sido desplazados, incluyendo los 200.000 que a lo largo de los años llegaron a Afrin en busca de seguridad. Ahora, miles de vidas están en peligro en esta pacifica región, en virtud de la porfía innegociable del califa turco.

Más allá de organizar inservibles conferencias para complacencia de políticos europeos, vender armas, armar a “rebeldes” para derribar gobiernos, facilitar que la gestión de los refugiados extienda la inestabilidad, parece que ha llegado un tiempo para que la gente de la región decida su destino, sus fronteras y sus propias vidas.

Una zona autónoma kurda serviría para dar ejemplo de cómo organizar su propio Estado y dar estabilidad, lejos de ser un enemigo en la frontera, como teme Turquía. Cuestión difícil de abordar cuando abunda la paranoia y no hay suficientes apoyos para que Ankara lo tenga que aceptar.

Para desembocar en una alternativa sólida y viable sobre Afrin, sería necesario que todas las partes involucradas llegaran antes a un compromiso y a una solución de futuro para Siria. Una región autónoma, embrión de un futuro Estado, sería inaceptable para Turquía y es muy posible que también para Irak e Irán.

Entre tanto, la partida turca abre un nuevo frente de guerra. Todo ello, en un instante.

7-II-18, lavanguardia