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"¿Quién es supremacista?", Francesc-Marc Álvaro

De un tiempo a esta parte, se acusa al nuevo independentismo catalán de ser “supremacista”. Este término proviene de contextos y conflictos muy diferentes y alejados de nuestra realidad, pero se utiliza, diría que con una intensidad creciente por parte de muchos de los que se oponen de manera agresiva y con pocos argumentos al proceso soberanista, incluidos periodistas, analistas y académicos que parecen más ocupados en ganar la batalla de la propaganda que en comprender lo que está pasando y sus causas reales.

Felipe González es una de las personalidades relevantes que no ha tenido manía alguna en utilizar esta palabra para referirse a los independentistas, aunque ha tenido que añadir con la boca pequeña que “no es supremacismo tan explícito como el de Donald Trump”, una aclaración sugerida quizás por alguien que veía venir el ridículo de estas elucubraciones. El que fue líder socialista afirma que el independentismo exhibe la idea según la cual “si no nos lo impidieran, seríamos los mejores”, una tesis que demuestra –concluye– este sesgo supremacista. Otros políticos –retirados o en ejercicio– dicen lo mismo que González, y también lo hacen varios opinadores, por ejemplo el profesor Francisco Rico en un artículo reciente.

El término supremacismo remite, sobre todo, al llamado supremacismo blanco, corriente de ultraderecha vinculada a las ideologías racistas que abogan por la dominación del hombre blanco occidental sobre todas las etnias y por la separación estricta de las poblaciones por color de piel, religión, origen, cultura, etcétera. El supremacismo blanco es especialmente activo en algunas zonas de Estados Unidos –arraigado en la memoria de la guerra entre el Norte y el Sur y el trauma de la esclavitud– y también se puede dar en sociedades europeas, a caballo de grupos extremistas y populistas que difunden un discurso xenófobo y aislacionista. Por otra parte, el islamismo radical no se puede desvincular de un supremacismo musulmán que fundamenta la idea de dominación sobre los considerados “infieles”. Hay también movimientos supremacistas judíos, rusos, griegos, escandinavos, etcétera, articulados de manera más o menos pública en organizaciones reaccionarias, contrarias al modelo de sociedad abierta y multicultural.

(Dani Duch)

¿Tiene algo que ver el independentismo catalán con todo eso? Rotundamente, no. Decir lo contrario es mentir. No hay nada –ni en los partidos ni en las entidades soberanistas– que pueda considerarse supremacismo. El independentismo no propugna que los catalanes son superiores a los españoles, lo que defiende es la creación de un Estado catalán independiente, una República basada en la igualdad y en los derechos de ciudadanía, y no en la prevalencia de ninguna supuesta etnia. Ni Puigdemont, ni Junqueras, ni Sànchez, ni Cuixart, ni ningún dirigente de la CUP han dicho o hecho nada que pueda considerarse supremacismo, todo lo contrario.

El independentismo adopta y actualiza la idea de “un sol poble” y de una catalanidad cívica (no étnica) formulada por Josep Benet, Paco Candel y otros, y asumida por el PSUC, Jordi Pujol, los socialistas, los grandes sindicatos, la escuela, la Iglesia y el grueso del mundo asociativo. ¿Hace falta que recuerde que en las listas de todos los partidos independentistas hay personas nacidas dentro y fuera de Catalunya? ¿Hace falta que recuerde que los apellidos del mundo independentista son tan variados y plurales como lo es todo el país?

González y otros consideran que querer hacer las cosas sin pasar por Madrid y querer hacerlas mejor de como se hacen en el Estado español es supremacismo. ¿Sería supremacista decir que una República catalana debería tener una separación de poderes más clara y ejemplar que la del Reino de España? Sólo sería un noble deseo. Si me apunto a la desfiguración argumental de González y otros, todo podría acabar siendo supremacismo. Incluso que un político de la oposición le dijera a un político que gobierna que él sí hará las cosas bien. Con el supremacismo ocurre igual que con el delito de odio: intentan cambiar tu discurso con mala fe para presentarte como el victimario cuando eres la víctima. Es la fábula del mecánico de Reus, a quien acusan de delito de odio sólo porque ejerce su derecho a protestar pacíficamente al negarse a realizar un trabajo para alguien que –desde una posición de poder– se lo exige.

No hay dos millones de supremacistas que se creen superiores a los españoles. De ninguna manera. Hay dos millones de catalanes que rechazan un Estado que ven que les va en contra sistemáticamente. La calificación de supremacista va bien para demonizar, sin utilizar conceptos tan fuertes como racista o nazi. La palabra supremacista sugiere lo mismo pero es más elegante. La maniobra consiste en presentar un movimiento democrático, cívico y pacífico como una parte más del peligroso populismo europeo. Los que nacimos hace medio siglo sabemos quién, en este conflicto, responde a una tradición inequívocamente supremacista, aquella que, entre otras cosas, pretendía destruir una lengua y una cultura.

08/02/2018 - lavanguardia