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Salvini se incorpora a la derecha populista europea de Steve Bannon

En los primeros cien días como abogado del pueblo italiano –así se autodenominó al aceptar el cargo de primer ministro– Giuseppe Conte ha presidido 17 consejos de ministros. En total, las reuniones han durado 865 minutos, más o menos una hora cada una. Ha aprobado seis decretos de ley, de los cuales cuatro ya han sido convertidos por el Parlamento. Se ha hablado sobre todo de dos de ellos, el decreto dignidad, que limitaba el trabajo temporal y prohibía los anuncios de casas de apuestas, obra del vicepresidente grillino Luigi di Maio; y de la entrega de 100 lanchas mo­toras a la guardia costera libia, por orden del otro vicepresidente, Matteo Salvini. Giuseppe Conte llegó al máximo cargo del poder de la tercera economía de la zona euro por carambola, resultado de un pacto in extremis entre el Movimiento 5 Estrellas (M5E) y la ultraderechista Liga para gobernar Italia e impedir una repetición electoral. No importó entonces que su nombre estuviera manchado por haber ­falseado su largo currículum ju­rídico porque tanto Di Maio como Salvini sabían perfectamente lo que se ha confirmado en estos meses: que su figura sería totalmente irrelevante.

En los primeros cien días como vicepresidente y ministro del In­terior, Matteo Salvini se ha erigido nacional e internacionalmente ­como el verdadero mandatario ­italiano, para la furia del joven Di Maio. Salvini en teoría sólo tenía que ocuparse de reducir la inmigración y aumentar la seguridad en el país, sus obsesiones. Lo ha hecho con tal ímpetu que ha conseguido no sólo ensombrecer al primer ministro, sino también a su compañero de viaje. Di Maio ha logrado al fin un acuerdo para el futuro del grupo siderúrgico Ilva, pero ha fracasado en el proceso de abolir la obligatoriedad de las vacunas en las escuelas. Mientras, Salvini, cerrando los puertos italianos, declarando la guerra a las oenegés y apoyando a la guardia costera libia ha logrado reducir en un 65% las llegadas a Italia. Y las encuestas lo han premiado: si en marzo el M5E ganó las elecciones con el 32% de los votos y la Liga obtuvo el 17%, ahora la ultraderecha daría el sorpasso con el 33,5% frente al 30% de los antisistema.

Salvini está más cómodo que nunca con este papel. El viernes por la tarde, lo escenificó leyendo en directo en Facebook –como sucede en EE.UU., el Gobierno populista italiano se comunica casi exclusivamente por redes sociales– una carta de la Fiscalía de Palermo en que le confirmaban que estaba investigado por secuestro de personas y abuso de poder a la hora de retener a 150 migrantes. “Mirad, esto no pasa todos los días. ¿lo abrimos juntos?”, decía a sus seguidores. “Yo aprecio a los jueces que hacen honestamente su trabajo, pero entiendo menos a esos poquísimos que se autoproclaman de izquierdas y emiten sentencias en base a esta cultura política”, continuaba. Luego decía algo que realmente ha enfadado al M5E: “A mí me ha votado el pueblo italiano, a este juez no le ha votado nadie”.

La actitud contestataria de Salvini con la justicia, que utiliza este mismo argumento “democrático” para negarse a acatar la sentencia que obliga a la Liga a devolver 49 millones desaparecidos, puede ser la gota que colme el vaso. El ministro de Justicia, Alfonso Bonafede, ha dicho que no quiere “volver a la segunda República”. Di Maio, que “no puede apoyar acusaciones a los jueces”. No es el primer enfrentamiento. En el caso de la Diciotti, otro ministro del M5E, Danilo Toninelli, dio permiso para atracar en Catania sin el aval de Salvini. El presidente del Parlamento, Roberto Fico, le pidió públicamente que les dejara desembarcar por razones humanitarias. La ministra de Defensa está en contra de cerrar los puertos.

Han habido más desencuentros. Salvini se vio con el primer ministro húngaro, el xenófobo Viktor Orbán, en Milán, contra la voluntad del M5E, que se apresuró a decir que no tenían nada que ver con sus ideas y que se trataba de una reunión personal. Tampoco gustaría el encuentro que mantenía ayer con el exconsejero de Donald Trump Steve Bannon y el líder ultraderechista belga Mischaël Modrikamen para alistarse al “movimiento” paneuropeo que está preparando Bannon con el objetivo de expandir el populismo euroescéptico de cara a las europeas. Debería haber sido Conte quien se reuniese con Orbán, pero de momento, sigue en segundo plano. Salvini por ahora hace de premier, y la pregunta es cuánto durará la paciencia de sus socios de gobierno.

, Roma. Corresponsal, 09/09/2018 - lavanguardia