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un sistema educativo que margina y sabotea a los más capaces

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Carlos Antonio, Wi­lliam y Laurent no se conocen, pero tienen un don que les une. Viven separados por miles de kilómetros. William reside en Ohio, Carlos Antonio en México y Laurent en Bélgica. Los nombres de los tres, con edades comprendidas entre los 8 y 12 años, acaban de añadirse a la lista de niños considerados prodigio. A su corta edad han iniciado ya cursos universitarios. William quiere ser astrofísico, Carlos Antonio ha optado por la física y Laurent quiere ser ingeniero.

Contado así todo parece fantástico. ¿Qué padre o madre no querría presumir de una hija o hijo así? Pero la realidad vivida por esos niños con altas capacidades y sus familias poco o nada tiene que ver con la percepción que puedan tener personas que no han pasado por esa experiencia cuando prestan atención a una noticia en la que el protagonista es un niño de diez años que comparte pupitre universitario con adolescentes de 18 y 19 años en una universidad.

La Vanguardia ha contactado con cuatro familias de España que conviven con sus particulares Williams, Carlos Antonios o ­Laurents. La primera conclusión tras las entrevistas es que traer a este mundo a un niño con altas capacidades, cuando ese menor no recibe la atención y apoyo necesario, es un regalo que esconde un castigo.

Lo primero que sorprende es que la mayoría de esas madres y padres pidan salvaguardar su identidad, cuando lo lógico sería pensar que querrían presumir de haber traído a este mundo a un niño superdotado, precoz en el aprendizaje y con constatadas aptitudes para acabar siendo un prodigio o un talento.

Susana Martínez es, entre esas cuatro familias, la única que no manifiesta ningún problema por dar la cara. Entiende, eso sí, la reacción del resto de padres y madres. “Es muy lógica esa petición de mantener el anonimato después de haber sido señalados, tanto las familias como los niños, como culpables del calvario por el que suelen pasar esos menores en la escuela”, afirma Susana, que es presidenta de la Asociación Española de Superdotación y Altas Capacidades (AESAC).

Susana es madre de un niño con altas capacidades. Se llama Daniel y fue precoz a la hora de andar (lo hacía ya a los 8 meses) y también en la habilidad del lenguaje. “A esa misma edad empezó a preguntar ya cosas y era un no parar, tenía una inquietud insaciable por aprender cosas”, recuerda Susana.

Los padres de Daniel supieron enseguida que habían traído a ­este mundo “a un niño muy ­especial”. Al año de vida ese ­menor se comunicaba con un ­vocabulario “increíblemente rico”, añade su madre. Daniel fue un niño feliz hasta que llegó su primer día de escuela. “En el colegio su ritmo de aprendizaje se paró. Su inquietud innata por aprender cosas fue considerada como un problema, porque Daniel no paraba de hacer preguntas en clase”, indica Susana. Y ahí empezó un calvario para esta familia de Madrid, repetido entre otras muchas madres y padres tocados por el don de las altas capacidades.

Daniel no encajaba en el sistema y enseguida se convirtió en el alumno de su clase más castigado. “El problema en el colegio es que no paraba sentado en la alfombra como el resto de compañeros, ni tampoco callaba. ¡Eso con cuatro años¡”, exclama Susana. A esa edad leía ya como un adulto, “pero eso no era para su maestra lo más importante”, lamenta esta madre.

Laurent Simons. A este niño belga de 8 años le bastó un año y medio para superar los seis años de estudios de secundaria. Ha empezado este otoño en la universidad tras compartir graduación con sus compañeros, de 18 años Laurent Simons. A este niño belga de 8 años le bastó un año y medio para superar los seis años de estudios de secundaria. Ha empezado este otoño en la universidad tras compartir graduación con sus compañeros, de 18 años (Getty)

Los padres de Daniel fueron citados por esa profesora. “Esa gran docente usó, por supuesto, el sarcasmo en esa primera conversación. En vez de pensar que tenía en su clase a un niño con gran potencial, tiró de manual y nos dijo que ella sabía perfectamente lo que le pasaba a Daniel y que eso se curaba con unas pastillas”. Su diagnóstico fue que el niño padecía Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH).

Los padres de Daniel llevaron al niño a un psicólogo, que desmontó esa teoría. “El problema de nuestro hijo era su gran inteligencia”. Con ese informe regresaron a la escuela, pero las cosas lejos de arreglarse, empeoraron. El calvario continuó en toda la etapa escolar de infantil. Fue visitado por más psicólogos, “e incluso lo llevamos a un neurólogo”, revela su madre. Un día Susana contactó con otra madre de un menor con altas capacidades. Y a partir de ese momento esa familia empezó a recabar información sobre la atención y apoyos que precisan esos menores para su desarrollo.

“El problema es que el sistema educativo no está preparado para ofrecer esa atención especial que necesitan estos niños”, critica Susana. Daniel encontró un colegio donde sí supieron darle el apoyo que precisa y lo adelantaron un curso. Ahora está en la etapa de ESO y con el cambio, afirma su madre, han vuelto los problemas. “Volvemos a estar igual, con profesores que no saben qué hacer con él y que no parecen tener tampoco ningún interés en aprender cómo hay que actuar en estos casos”.

La historia que narra Susana es actual, pero no nueva. El calvario por el que están pasando ahora esta mujer y su familia es el mismo que un día le toco vivir, hace ya casi cuarenta años, a Begoña (el nombre es supuesto) con dos hijos de altas capacidades. Una prueba de lo poco que se ha avanzado estas últimas cuatro décadas en apoyo y atención a esos niños con un coeficiente intelectual superior a la media.

Begoña recuerda que tuvo que batallar entonces “como una jabata” para que adelantaran un curso a su hija en primaria. “Era una niña que se aburría en clase y que fue víctima de acoso escolar por tener esas altas capacidades”, revela Begoña. En los centros por los que pasó “nadie fue capaz de ayudarla”. Y lo más grave, sigue contando esta mujer que reside en Madrid, “es que los otros padres les decían a sus hijos que no se acercaran a esa niña porque era rara”. Hoy esa niña es una profesional de la medicina que ha pasado página del calvario vivido en su época escolar.

Los padres de Begoña descubrieron que tenía esas altas capacidades al confesarles esa niña, cuando ya había cumplido los ocho años, lo mal que lo ser conscientes de lo mal que lo pasaba en la escuela. “Si ella no se hubiese derrumbado igual no nos enteramos nunca de que tenía un coeficiente de inteligencia tan alto”. Al destaparse el calvario de esa hija, Begoña llevó a un psicólogo a otro de sus hijos, que tenía 15 años.

“La sorpresa fue que él también era un adolescente con altas capacidades, pero como supo sobrevivir mejor a todo lo adverso en la escuela, jamás sospechamos de esa gran inteligencia que tenía”, añade esta mujer, que aún hoy, cuando sus hijos tienen ya la vida resuelta, sigue clamando para que el sistema educativo “sea mucho más sensible con estos alumnos tan especiales”.

Otra madre que pide mantener el anonimato está en estos momentos luchando para que su hija, de 13 años y alto coeficiente intelectual, lleve una vida lo más normal posible. Supieron que su hija tenía altas capacidades en la guardería, pero el apoyo recibido por parte del sistema educativo no ha sido siempre el que esperarían. “En una ocasión un orientador me dijo: preocúpese más de que su hija se relacione con el resto de los niños que de su inteligencia”, recuerda esta mujer. Y eso duele cuando eres testigo a diario de lo mal que lo está pasando ese menor. Aunque esta madre ha optado por otra estrategia.

“Me estoy convenciendo de que lo que le pasa a mi hija es una suerte y no un problema”, afirma. Y la niña, añade, también pone de su parte. “Está cumpliendo con lo que le marca esta sociedad intentando relacionarse cada día con otros menores y aprendiendo a comportarse como una persona que no es excepcional”. Aunque internamente esto es una frustración, no nos quedan ya más opciones”, concluye esta mujer.

Otra vecina de Madrid cuenta que está viviendo una situación muy similar a la de las otras madres con su hijo, menor de edad. “Se aburre en la escuela y vive en su mundo, pues muchas cosas de las que le enseñan ya se las sabe”. Esta mujer no ve el final de su particular historia. “Eso sólo sería posible si cada niña o niño con altas capacidades pudiera seguir su ritmo con la ayuda de los profesores”, afirma. Un deseo que hoy parece difícil de cumplirse con el actual sistema educativo.

, Lleida

30/09/2018 - lavanguardia