"Legalizemos la marihuana", Sandra Barneda

La primera vez que lie un porro de marihuana fue para dárselo a una amiga mía que murió de cáncer hace ahora más de diez años. Sufría de un dolor tan fuerte que sólo la marihuana la calmaba y, entre los amigos que estuvimos a su cuidado en los últimos tiempos, muchos aprendimos a hacer canutos. Nunca he sido hábil en manualidades y como se me daba tan mal hacerlo, creé la técnica de vaciar el cigarrillo, hacer la mezcla y volver a llenarlo con suma paciencia. Al fin y al cabo, lo importante era que ella obtuviera su dosis de marihuana y lograra descansar un poco. Con la legalización esta semana de la venta de cannabis para uso medicinal y recreativo en Canadá, me acordé de mi amiga Pilar.

España vuelve a abrir el debate sobre la legalización de esta droga que es consumida por más de tres millones de personas en nuestro país, y que muchos médicos alertan de los riesgos de salud en su consumo. Fumar mata; lo sabemos y decidimos si seguimos adelante o dejamos de hacerlo. Está regulado su consumo y su venta a mayores de edad para evitar productos adulterados. La marihuana es una droga y, como tal, se sabe que es perjudicial, pero puede que lo esté siendo más para todos si nos empeñamos en no comercializarla y, como en la ley seca americana, no cortar su consumo y que no nos importe la procedencia ni el contrabando ilegal que se lleva millones de euros cada año. Pablo Iglesias habló de cifras millonarias que el Estado recaudaría de llegar a legalizar la marihuana. En un tuit dijo parecerle “una tomadura de pelo que en España se pueda ir al supermercado a comprar ginebra, ron, tequila o vodka y que la marihuana sea ilegal”.

Canadá es el primer país del G-7 y, según las estimaciones del CIBC, uno de los mayores bancos canadienses, la legalización abre las puertas a un mercado millonario de unos 6.500 millones el primer año. Podemos ha salido de nuevo para recordar que una “industria estatal de producción propia generaría ingresos sin precedentes” que podrían invertirse en la sanidad pública. Yo sigo pensando en mi amiga Pilar y lo que ella hubiera votado de celebrarse un referéndum sobre la legalización o no del cannabis. Si somos adultos cierto es que el Estado debe protegernos, pero también ejecutar en coherencia, y si existen otras drogas permitidas y legisladas no veo, siendo el país europeo líder en consumo de marihuana, el tiempo para comenzar a atajar el contrabando y legalizar el consumo. En Canadá el 70% de la población está de acuerdo con la medida tomada; acierto a pensar que lo mismo ocurriría con nosotros.

El Estado debe informar sobre los riesgos del consumo de la sustancia y dar herramientas para educar, lo mismo que hace con el alcohol y el tabaco, pero de poco sirve ya enrocarse en el prohibir. Deseamos tener una democracia adulta y en cuestiones como esta acortamos la libertad de elección del propio ciudadano. Son decisiones que crean debate y polémica. Decisiones difíciles, pero para mí prohibir no detiene su consumo sino que lo empeora. Los fines, sean terapéuticos como en mi amiga Pilar o recreativos como el de millones de personas, deben ser aceptados en nuestra sociedad para caminar en el permitir, educar y evitar la sobreprotección castrante.

20/10/2018 - lavanguardia