"La confianza de Florencia", Jordi Amat

En las afueras de Fiesole, olivos a ambos lados de la colina. En el fondo, como una postal, Florencia. El autocar se detiene ante la antigua abadía. En la explanada las banderas de los países de la Unión, que financian la European University Institute. Aquí estudiantes de todas partes hacen tesis o siguen cursos posdoctorales. Atravesamos el claustro, subimos las escaleras que nos encaminan hacia el teatro. Puertas blancas de madera abiertas. Ocupamos la platea. Hay una gran mesa blanca, más ovalada que redonda, con casi cuarenta sillas blancas. El lugar de cada uno está asignado con un pequeño cartel sin explicitar la filiación. Papel, bolígrafo, micrófonos, agua. En el techo un fresco con siete figuras femeninas: cuatro tocan instrumentos, una se aguanta en la rama de un árbol con una mano y con el otro recoge nueces, otra declama y la última aguanta con una mano una máscara.

La entidad organizadora es la Escuela de Gobernanza Internacional, cuyo propósito es estudiar las circunstancias políticas del presente desde una óptica académica. Sólo tiene un año de vida, pero el nuestro no es el primer Dialogue que organiza. Los han celebrado sobre deporte y corrupción, por ejemplo, y pronto seguirán con uno para reflexionar sobre la cooperación de los parlamentos nacionales a la hora de fijar políticas de defensa de la Unión. El título del nuestro –“Una aproximación transnacional al caso catalán”– es voluntariamente aséptico: la indefinición quiere evidenciar que no existe un punto de partida predeterminado. Somos casi 40. Básicamente catalanes y españoles, pero no sólo. Dominan los politólogos, hay científicos sociales, también políticos retirados y unos pocos en activo.

Las normas serán exigentes. El diálogo no es secreto, pero sí discreto. No se pueden colgar fotografías en las redes sociales y, en caso de que se escriba sobre lo que se ha dicho, no se podrá decir el nombre de quién ha dicho qué (sólo puedo confirmar que yo estaba allí). Quien ejerce de director propone un código de buenas prácticas, que seguiremos: la controversia debe ser amistosa, se debería intentar hablar más del futuro que no del pasado y el lenguaje utilizado debe ser tan riguroso como sea posible. A diferencia de otras reuniones valiosas sobre el procés, se expondrán planteamientos que corresponden a casi todas las miradas existentes sobre el conflicto. Empezamos.

Lo que se produjo durante el Otoño catalán –que tiene como consecuencia más triste y paralizadora el encarcelamiento de los líderes independentistas (hace un año que Sànchez y Cuixart están en la prisión, y no es justo)– haría falta definirlo como una crisis secesionista. Su despliegue, con la fallida declaración unilateral de independencia como culminación, provocó una situación inédita en nuestro contexto. La crisis constitucional se convirtió así en europea, en un momento en el cual –aún en la onda expansiva del referéndum escocés– la secesión se ha puesto de nuevo sobre la mesa planteando dilemas para los que no existen mecanismos de resolución establecidos. Ni aquí ni en cualquier otra parte. No los hay porque la secesión, por muchos motivos (por el respeto entre estados, por el respeto del orden internacional, por el respeto a los derechos de ciudadanía del conjunto de la población que forma del territorio que se quiere separar), no tiene cobertura en el ordenamiento internacional. Por eso, a menudo, para legitimarla se habla del derecho a la autodeterminación, que sí tiene una cobertura legal pero no para secesionarse.

De una manera general convinimos que de la crisis del año pasado se podían extraer algunas lecciones. La unilateralidad se ha convertido en una vía muerta, pero su quiebra no acabó con un conflicto que plantea unas demandas vivas y que tampoco ha resuelto su criminalización –nadie sabe ver la rebelión en sitio alguno–. Este diagnóstico, asumido no por todos pero casi (desde defensores del statu quo vigente hasta independentistas), podría utilizarse como punto de partida. Pero hace falta partir también de una constatación dura y que tiene una lógica maquiavélica: las consecuencias de la resolución gubernamental de la crisis no han generado una situación insostenible como temíamos. Y su permanencia, que sólo puede resolverse dando con una fórmula que pide tiempo y paciencia, a corto plazo genera incentivos a varias fuerzas con legítimo afán de gobierno que obtienen réditos electorales de la polarización intensiva de las posiciones.

¿Qué hacer? Elaborar un procedimiento innovador de resolución que permita pactar los desacuerdos. Una fórmula que, dentro del marco asumido por las partes, canalice el conflicto inscribiéndolo en las palpitaciones del tiempo: el afán de ensanchamiento democrático que se expande por todas partes pidiendo más reconocimiento y mejor redistribución del poder. No es fácil y no se puede ser optimista, pero no puede desfallecer. Y para empezar a pensar en esta solución, ante todo, hace falta ver una promesa de futuro en la generosidad y entender que antes que nada se debe reconstruir la confianza perdida entre las partes. En Florencia, por unos instantes, esta confianza precaria existió.

, 21/10/2018 - lavanguardia