México, mártir de la política prohibicionista en materia de drogas

Juárez posee un título indeseable: el de urbe más violenta del mundo. Más violenta que Bagdad, más que São Paulo, más que Caracas. Y no por poco. A lo largo del 2009 su tasa de homicidios cuadruplicó la registrada en la capital iraquí. En total, se cometieron en esta ciudad mexicana, que linda con la texana de El Paso, unos 2.657 asesinatos. La causa de tan tremenda mortandad radica en el narcotráfico. Es decir, en la lucha salvaje y despiadada entre los cárteles que pugnan por el control del negocio de la droga; entre sus sicarios y la policía que les persigue, entre funcionarios corruptos y funcionarios honrados..., instigadores o víctimas todos ellos de una interminable espiral de violencia.

Pese a su historial, Ciudad Juárez amaneció estremecida el pasado domingo, nada más conocer un suceso que parecía superar los muchos horrores sufridos anteriormente. Durante la noche del sábado, una veintena de hombres armados irrumpieron en un domicilio particular, donde jóvenes adolescentes celebraban el cumpleaños de uno de ellos, separaron a las chicas de los chicos y abrieron fuego sobre estos últimos. Catorce murieron allí, otros tantos resultaron gravemente heridos, y algunos de los que intentaron huir por patios interiores fueron perseguidos, abatidos y rematados.



Se han barajado distintas versiones sobre los móviles de este crimen múltiple. Según algunos, entre los jóvenes se hallaba un testigo de otro asesinato, al que convenía silenciar. Otros apuntaron que los atacantes querían ajustar cuentas con un camello. Pero los más inscribieron esta carnicería en la campaña indiscriminada del narcotráfico para aterrorizar a la población.

Los tiroteos del narcotráfico, a veces con armamento pesado, se han extendido por todo México. La prensa asiste impotente a esta sangría, y publica macabros marcadores en los que contabiliza los muertos del día anterior y los acumulados en lo que va de año. En enero fueron unos 900. En el 2009, alrededor de 7.000. Y desde que Felipe Calderón asumió la presidencia y declaró la guerra a los cárteles, las víctimas del narcotráfico rondan ya las 16.000. México es un país diezmado.

La firmeza de Calderón ante el crimen organizado no es, en principio, criticable. Pero es cierto también que ha tenido los efectos de la gasolina en el fuego, y que policías y militares no logran controlar el enorme incendio. Por ello avanza a diario la idea de que la solución represiva es insuficiente, y que tan sólo se acabará con el problema cuando se despenalice, en mayor o menor medida, el consumo de drogas y, poco a poco, los narcotraficantes se vean privados de su negocio.

6-II-10, lavanguardia