el resurgimiento de los populismos nacionalistas pone en crisis la Unión Europea

- "Una Federación ligera, la vía hacia una Unión Europea eficaz", Emma Bonino

En Holanda, el PVV, la formación xenófoba, antieuropeísta y antiislamista que dirige Geert Wilders, experimentó un gran avance en las elecciones de julio del 2010. Obtuvo entonces el 15% de los votos y se convirtió en el tercer partido, al ocupar uno de cada seis escaños parlamentarios. Desde esta posición, ha dispuesto de fuerza para sostener al gobierno de Rutte durante dieciocho meses... y para derribarlo cuando ha querido.

En otros países europeos, las aspiraciones de las formaciones de extrema derecha no son menores. Marine Le Pen, que el domingo llevó al Frente Nacional al tercer puesto en la primera vuelta de las presidenciales francesas, con un 17,9% de los votos, acaricia ahora la idea de erigirse como referente de la derecha en su país. No ya de la extrema derecha, sino de la derecha tout court. Se trata, a su entender, de aprovechar la previsible falta de liderazgo que produciría en la Unión por un Movimiento Popular (UMP) una eventual derrota de Sarkozy en la segunda vuelta de las presidenciales (y, en tal caso, su anunciada retirada de la política) para intentar aglutinar a la derecha. Con este objetivo, e igual que Sarkozy lanzó en campaña -vanos- guiños al electorado del Frente Nacional, Le Pen adorna ya su discurso con notas republicanas y sociales.

Al caso holandés y al francés podemos sumar los de otros países. En Suiza y Serbia hay formaciones políticas ultraderechistas que rozan el 30% de los votos. En Finlandia, el partido Auténticos Finlandeses cosechó el 19%. En Austria y Hungría, sus semejantes rondan el 17%. También tienen predicamento en Dinamarca, Bélgica, Italia o Bulgaria. Y en Grecia, donde en los comicios del 6 de mayo se esperan avances considerables en ambos extremos del espectro político.

Cada una de estas formaciones presenta sus peculiaridades. Pero a menudo coinciden en posiciones populistas, ultranacionalistas, proteccionistas, euroescépticas o antieuropeístas, opuestas a la inmigración o abiertamente racistas. Con estos argumentos y rentabilizando el descontento fruto de las turbulencias financieras, dichos partidos siguen avanzando. Lo hacen, por tanto, desafiando el grueso de los principios que durante medio siglo han sustentado la lenta construcción de Europa.

27-IV-12, lavanguardia