probable final de la guerra entre los kurdos del PKK y el Estado turco

El líder encarcelado de los rebeldes kurdos, Abdulah Öcalan, ordenó el jueves a sus combatientes que cesen las hostilidades y se retiren de territorio turco como un paso para poner fin a un conflicto que se ha cobrado 40.000 vidas, dividido el país y golpeado su economía.

Cientos de miles de kurdos se reunieron en la localidad de Diyarbakir - centro de la zona de mayoría turca en el sureste de Turquía - mostrando pancartas con la imagen del bigotudo Öcalan cuando el comunicado del líder reelde detenido desde 1999 en una prisión en una isla en el mar de Mármara fue leído por un político kurdo.

"Que las pistolas se silencien y domine la política", dijo ante un mar de banderas kurdas rojas, amarillas y verdes.

"Ha llegado el momento de que nuestras fuerzas armadas se retiren al otro lado de las fronteras. No es el fin, es el inicio de una nueva era", añadió.

El primer ministro, Recep Tayip Erdogan, ha asumido riesgos considerables desde que fue elegido en 2002, rompiendo tabúes enraizados en la élite conservadora, como en el ejército, al extender los derechos culturales y de la lengua de los kurdos.

Hace dos años, ante la ira de los partidarios de la mano dura, llevó a cabo una negociación secreta con el grupo armado del Partido de Trabajadores del Kurdistán (PKK, por sus siglas en kurdo) en Oslo.

Tanto él como Öcalan deberán superar las profundas desconfianzas en ambos bandos.

"El lenguaje es un lenguaje de la paz, necesitamos verlo aplicado", dijo el ministro del Interior, Muamar Guler, criticando la ausencia de la bandera roja de Turquía en las celebraciones.

Los combatientes tendrán que retirarse a sus bases en las montañas del norte de Irak, que han utilizado como plataforma para lanzar ataques sobre territorio turco y que han sido bombardeadas por la aviación turca en varias ocasiones.

El PKK, considerado una organización terrorista por Estados Unidos, la Unión Europea y Turquía, comenzó sus ataques contra objetivos turcos en 1984, reivindicando un estado independiente en el sureste de Turquía. En los últimos años ha rebajado sus peticiones a una autonomía política y mayores derechos culturales, después de que el idioma kurdo estuviera prohibido durante décadas.

"Se está produciendo un cambio estratégico", dijo Ertugrul Kurkcu, un parlamentario del partido prokurdo BDP.

"El movimiento de liberación kurdo está cambiando de una campaña armada a una cultural. Y el PKK lo acepta".

Öcalan, aislado de sus combatientes desde hace diez años, ha conseguido el apoyo para la tregua de los mandos sobre el terreno durante la semana pasada, pero ha habido muestras de escepticismo entre sus filas. El mes pasado, en un encuentro con políticos kurdos, los acusó de un pesimismo injustificado por las negociaciones de paz.

Las escenas en Diyarbakir que aparecieron en la televisión habrían sido impensables hace sólo unos meses. Durante el conflicto, el símbolo del ilegalizado PKK estaba prohibido.

"La guerra ocurre, pero en cierto momento tienes que curar tus heridas. Esta es nuestra oportunidad ahora", dijo Bedri Alat, de 73 años. "Me acuerdo de la paz. Mi nieto no. No se acuerda de cuando los kurdos y los turcos vivían como hermanos. Esta es una última oportunidad".

El acuerdo de paz supondría un enorme alivio para Turquía, aunque sería visto con grandes sospechas por los nacionalistas más radicales, que temen que los kurdos reanuden la campaña por su independencia.

"El PKK está retando al estado y esto es un despliegue de poder por su parte", dijo Ozcan Yeniceri, diputado del principal partido de la oposición, el nacionalista MHP.

La guerra que ha diezmado las arcas públicas, perjudicado el desarrollo del sureste del país, donde vive la mayoría de los kurdos, y manchado el historial turco en cuando al respeto de los derechos humanos, mientras trata de aumentar su influencia en Oriente Próximo y eliminar un obstáculo en su inestable proceso para entrar en la Unión Europea.

En el pasado ha habido otras negociaciones secretas y anuncios de alto el fuego, pero las expectativas se han visto alimentadas en esta ocasión por la apertura con la que se ha desarrollado el proceso.

DIYARBAKIR, Turquía, 21-III-13, Reuters

Turquía puede dar hoy un gran paso hacia la paz. Abdullah Öcalan, líder del grupo guerrillero kurdo del PKK, tiene previsto anunciar desde la cárcel que ha llegado el momento de dejar las armas. Veintinueve años y 45.000 muertos después, kurdos y turcos han entendido que sólo puede haber una salida pactada al conflicto.

Las calles del Kurdistán están estos días engalanadas con los tradicionales colores amarillo, rojo y verde porque hoy se celebra el Neworz, el año nuevo, la fiesta más importante de su calendario. Antaño esta festividad acababa en violencia. Hoy se esperan a decenas de miles de personas en las calles de Diyarbakir, la capital del Kurdistán turco, donde un dirigente político leerá un comunicado de Öcalan diciendo que ha llegado la hora de dejar las armas y que no debe perderse ninguna vida más.

Será la quinta tregua unilateral que anuncie el PKK. Las anteriores no pudieron concretarse. Esta vez hay más optimismo. El primer ministro, Recep Tayyip Erdogan, ha manifestado: “Haré todo lo que esté en mi mano a favor de la paz, aunque me cueste mi carrera política”. No es que esta se vea amenazada, pero sí que el sector ultranacionalista –que ha perdido poder desde la llegada de los islamistas al poder hace diez años– critica con fuerza cualquier pacto con el PKK.

“Hemos prometido a todas las madres que sufren que vamos a arreglar este problema”, añadió Erdogan el martes en un discurso ante militantes de su partido. El posible acuerdo de paz no sólo lo afianzaría como hombre fuerte de Turquía, sino que mejoraría sus posibilidades de hacerse con la presidencia, su gran meta del 2014. Y por ende daría crédito a los aduladores que lo ven como el Lincoln de Turquía, capaz de poner fin a la guerra civil y salvar la unidad del país.

El separatismo kurdo, con el PKK a la cabeza, nunca ha amenazado de verdad la unidad de Turquía. La superioridad militar turca ha sido aplastante, y la represión, en ocasiones brutal, ha vaciado los pueblos y aldeas y concentrado la población en Diyarbakir y otras ciudades. Esta estrategia ha restado al PKK los apoyos locales necesarios para afianzar su dominio territorial.

Abdullah Öcalan, que fundó el PKK en 1978, cumple cadena perpetua desde 1999 en el penal de Imrali, una isla del mar de Mármara. Las negociaciones se consolidaron el pasado otoño y el líder kurdo, que había permanecido aislado, ha estado recibiendo visitas. Hoy se espera que ordene a los 1.500 guerrilleros en el sudeste de Turquía que crucen la frontera y se instalen en el Kurdistán iraquí como primer paso para el abandono definitivo de las armas. A cambio, Öcalan, que ha dedicado su vida a luchar por un Kurdistán independiente, espera obtener un nuevo marco legal para su pueblo en Turquía.

El Gobierno pactará con el Partido kurdo de la Paz y la Democracia (BDP), presente en Parlamento turco con 29 escaños, este marco legal del que nada se sabe.

Los diputados del BDP son el enlace entre Öcalan y los centros de poder del PKK en Europa y en las montañas Kandil, del norte de Iraq. Por el lado turco, las negociaciones, de las que apenas se sabe nada, han fluido de la mano de Hakan Fidan, jefe de la inteligencia y mano derecha de Erdogan.

Ankara, al menos de cara a la galería, insiste en que seguirá atacando al PKK hasta que deje las armas definitivamente.

Después de varios decenios de guerra civil, hay una mayoría de turcos que no están dispuestos a ceder ningún tipo de soberanía en una nueva Carta Magna. Asimismo, un sector de importancia dentro del ejército siempre se ha justificado a través de la necesidad de luchar contra el PKK.

La paz tampoco interesa a los militantes kurdos del Partido Revolucionario Popular (izquierda radical), que ayer cometieron un doble atentado en Ankara. Atacaron con bombas de mano y lanzacohetes el Ministerio de Justicia y las oficinas del partido gubernamental. Hubo un herido.

21-III-13, R. Ginés, lavanguardia

Durante años ha sido el único prisionero en la isla de Imrali, en el pequeño archipiélago de Mármara, frente a la costa de Estambul, en cuya isla grande se refugió Trotski en 1929 huyendo de Stalin. Abdullah Öcalan cumple allí cadena perpetua.

A diferencia de otro notorio líder guerrillero preso en régimen de aislamiento, el peruano Abimael Guzmán (encarcelado en la base naval del Callao desde 1992), Abdullah Öcalan ha mantenido en catorce años de reclusión su estrella y su influencia sobre el PKK y el movimiento político derivado de la organización armada (terrorista, según el criterio de EE.UU. y la UE). Tanto es así que con su palabra detuvo in extremis, en noviembre del 2012, una larga huelga de hambre de cientos de presos kurdos, que entre otras cosas pedían que se le levantara el confinamiento.

Al menos oficialmente, y también según el PKK, Öcalan vive en una celda de trece metros cuadrados, no recibe periódicos y sólo puede escuchar una emisora de radio. Las únicas visitas que recibe son las de su abogado y su hermano Mehmet, quienes ofician de mensajeros. Sin embargo, parece obvio que sus condiciones de reclusión no son tan atroces. Mantenerlo en cierta medida en contacto con el mundo exterior y permitirle conservar su influencia en el movimiento kurdo era importante para el Estado turco si en algún momento estaba dispuesto a negociar, como así ha sido.

Aunque nuevos jefes –y facciones– se hicieron cargo del mando del PKK tras su detención en 1999 (en Kenia, en una operación participada por la CIA), él sigue presidiéndolo desde su fundación en 1978. La suya es una biografía típica de líder guerrillero de una época: hijo de una familia humilde, nace en 1949 en un pueblo de la provincia de Sanliurfa; estudia, llega a la Universidad de Ankara, se licencia en Ciencias Políticas, entra en la Administración, le crece la conciencia..., y en 1984 lanza la lucha armada.

En el 2005, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos determinó que el juicio a Öcalan, en 1999, no fue justo. En el 2002, en un gesto que se interpretó como un deseo de Turquía de quedar bien ante Europa, se le conmutó la pena de muerte. Posiblemente ha resultado más útil así. Al parecer, ahora dispone de un televisor, por orden del primer ministro Erdogan.

21-III-13, F. Flores, lavanguardia