¿quién se cargó la Constitución europea?, ¿Tucídides?

Dentro de unas semanas hará diez años de la presentación del proyecto de Constitución europea en Porto Carras, a 120 kilómetros de Salónica. La presentación estuvo a cargo del presidente de la Convención que lo había elaborado, el expresidente francés Valéry Giscard de Estaing, que durante el acto pronunció con énfasis y complacencia la cita que entonces encabezaba el preámbulo: “Nuestra Constitución se llama democracia porque el poder no está en manos de unos pocos, sino de la mayoría”. Las hemerotecas guardan las crónicas que hablaban de la satisfacción del anfitrión, el primer ministro griego Kostas Simitis, ante este gesto, y que comentaban eruditamente que se trataba de un pasaje de la oración fúnebre que el historiador ateniense Tucídides atribuye a Pericles en su Historia de la Guerra del Peloponeso. Tal vez algún lector aún recuerde lo que pasó después. La cita ya no aparecía en el Tratado por el que se establece una Constitución para Europa, firmado por los jefes de gobierno de la UE en octubre del 2004 y que se presentó a votación en algunos países. El hecho de que este tratado muriera antes de nacer precisamente al encallar su proceso de ratificación democrática y la peculiar y poco edificante historia de la puesta en circulación del tratado de Lisboa que acabó substituyéndolo inspiró una relativamente abundante y sarcástica literatura entorno a esta desaparición.

Pero esta literatura sobre la desaparición del pasaje de Tucídides solía pasar por alto un hecho importante: que la cita desaparecida era, en realidad, como hizo patente Luciano Canfora en La democrazia. Storia di un’ideologia (2004), una traducción manipulada del pasaje de la Historia de la Guerra del Peloponeso. El Pericles tucididiano no afirma “nuestra Constitución se llama democracia porque el poder no está en manos de un pocos, sino de la mayoría”, sino “nuestro sistema político se denomina democracia porque no tiene como objetivo la administración de los intereses de unos pocos, sino los de la mayoría”. La diferencia no es banal. Y los diez años transcurridos desde la cumbre no ha hecho más que subrayar su importancia. El fiasco del proceso de ratificación de la Constitución europea hizo evidente la poca relación que el proyecto europeo tenía con el régimen político de que hablaba la traducción manipulada. Pero el modelo de gobernanza económica que se ha impulsado a partir del tratado de Lisboa pone cada vez más de manifiesto su nula relación con el pasaje original. Y es la percepción del carácter oligárquico de este modelo la principal causa subjetiva de la crisis de legitimidad que ahora afecta no sólo a la UE, sino también a los regímenes de los estados que la constituyen y que se siguen denominando democracias a pesar de que no resulte verosímil que tengan como objetivo la administración de los intereses que como tales les correspondería de administrar.

14-V-13, Josep Maria Ruiz Simon, lavanguardia