la sexofobia, cristiana, europea la agrietó el shunga japonés

the dream of the fisherman’s wife loewakUna de las imágenes más descaradamente eróticas que pueden contemplarse en un libro de historia del arte data de 1814 y tiene como protagonistas a dos animados pulpos haciendo el amor a una recolectora de orejas de mar: las bocas y los tentáculos enredados en el cuerpo desnudo de la mujer recostada sobre las rocas, ojos cerrados y actitud complacida, la petite mort a punto de asomar en su rostro extasiado. Se titula Buceadora y pulpo (también llamada, con algo de maldad, El sueño de la mujer del pescador) y su autor es Katsushika Hokusai, uno de los más grandes artistas japoneses, autor asimismo de aquella otra estampa, visionaria y estremecedora, La gran ola de Kanagawa, que asombraría al mundo. También Buceadora y pulpo llegaría a convertirse en una suerte de best seller del shunga, la estampa erótica japonesa que causó furor en Occidente en la segunda mitad del siglo XIX y comienzos del XX, y numerosos artistas, cautivados por las habilidades sexuales de ese desinhibido pulpo que parecía nacido para dar placer, corrieron a realizar sus propias versiones. Es el caso de Auguste Rodin y Félicien Rops (dibujaron escenas de sexo desenfrenado entre un octópodo y una mujer), de François-Rupert Carabin (esculpió la figura de una sirena cabalgando sobre el animal de ocho patas), de Salvador Dalí (Sant Jordi luchando contra un pulpo libidinoso) o Pablo Picasso (mantuvo el espíritu del juego, pero cambió al protagonista por una especie de inofensivo calamar). Incluso en una ópera, Iris (1898), de Pietro Mascagni, se incluyó el aria del pulpo.

File:Brooklyn Museum - Amorous Couple (woodblock print) - Kitagawa Utamaro - 2.jpgEl impacto de esta obra maestra de Hokusai, que formaba parte del tercer volumen del libro Kinoe no komatsu, es sólo un ejemplo de la enorme influencia que tuvo la llegada de las estampas eróticas japonesas en los artistas occidentales. Un fascinante y desconocido fenómeno cultural que por primera vez es estudiado con rigor en un libro, Erotic japonisme. The influence of japanese sexual imagery on western art (Japonismo erótico. La influencia del imaginario sexual japonés en el arte occidental), que acaba de ser editado en inglés, con 160 ilustraciones en color, por el prestigioso sello holandés Hotei Publishing. Su autor es Ricard Bru, uno de los máximos especialistas en la materia, comisario de la exposición Japonisme que se presentó en CaixaForum (actualmente en su sede madrileña) y autor de uno de los textos del catálogo de la exposición Shunga, sexo y placer en el arte japonés: 1600-1900, sin duda una de las apuestas más audaces de toda la historia del British Museum (la muestra no es apta para tímidos, mojigatos y menores de 16 años no acompañados), en cartel hasta el próximo 5 de enero.

Erotic japonisme. The influence of japanese sexual imagery on western art, el libro, comenzó a gestarse en el 2009, a raíz de la exposición, en el Museu Picasso, de Imágenes secretas. Picasso y la impresión erótica japonesa, de la que Ricard Bru era comisario junto a Malen Gual con el apoyo decidido de Pepe Serra. En aquella muestra salían por primera vez a la luz los grabados eróticos japoneses que Picasso guardaba en su colección. Pero no era el único. ¿Cómo llegaron a sus manos? ¿Cómo fueron distribuidos? ¿Cuál fue el impacto real en el arte? Estos son algunos de los hilos de los que ha estirado Ricard Bru estableciendo conexiones fascinantes. ¿Acaso El origen del mundo de Courbet fue influenciado por la visión de estampas japonesas, donde no era rara la representación de los genitales en primer plano? Bru sólo deja caer la hipótesis, “no tengo pruebas contundentes para certificar dicha influencia, pero propongo una fuente que parece más evidente que la que habitualmente han propuesto los historiadores del arte: las fotografías eróticas”, e invita a desplazar la vista más arriba.

El shunga (literalmente, “imágenes de primavera”) o makura-e (“imágenes de almohada”) fue un estilo muy popular durante centenares de años en Japón que fue disfrutado tanto por la gente del pueblo como por la aristocracia, aunque censurado en varias ocasiones a lo largo de su historia, y especialmente en 1872, cuando el país se abrió a Occidente y sufrió un proceso de modernización acelerado. Las estampas celebran el placer de hacer el amor en imágenes bellísimas, en las que la atracción sexual y el deseo se ven como algo natural y no afectado. Aún hoy sorprenden por su audacia: la exageración en la representación de los genitales y, en algunos casos, su comicidad (la idea es que el sexo es una realidad que ha de disfrutarse y una fuente de buen humor). Eran regaladas a los recién casados a

modo de manual de instrucción y se utilizaban como herramienta de excitación o diversión. Como escribía recientemente Katie Engelhar en The Guardian a propósito de la exposición del British Museum: “Lo más destacable del shunga es que todos sus protagonistas, hombres y mujeres (por no hablar de los pulpos), parecen disfrutar por igual de sus aventuras sexuales”. Claro que, matiza Bru, en el shunga existen todas las variedades imaginables. Hay escenas violentas y escenas de abusos a niños o directamente fantasmales, como las que coleccionaba Toulouse-Lautrec, en las que las “mujeres eran violadas o estimuladas por animales gigantescos: un conejo, un caballo, un murciélago, una rata y un sapo”.

El shunga llegó masivamente a Europa a partir del momento en el que el país nipón, que había permanecido recluido en sí mismo durante siglos, abrió sus puertas y reanudó el comercio con Occidente en 1854. De hecho, explica Bru en el libro, el comandante Perry, jefe de la expedición que rompió el aislamiento internacional de Japón, recibió como regalo “cajas de pinturas obscenas con hombres y mujeres desnudos”. Llegan a un continente ansioso de romper tabúes y lo hacen a través de las compras de diplomáticos y viajeros, pero también de marchantes que empiezan a venderlos en establecimientos de París como La Porte Chinoise o L’Empire Chinoise. Los principales paladines de este arte fueron Baudelaire y Edmond de Goncourt, este último autor de dos extraordinarias monografías de Utamaro y Hokusai. “El otro día me compré algunos álbumes de obscenidades japonesas. Me deleitan, me divierten y encantan mis ojos”, escribe en 1863, y lo compara con el arte griego, “aburrido en su perfección, un arte que nunca se liberó del delito de ser académico”.

Fue Goncourt quien descubrió los grabados japoneses al escultor Auguste Rodin, que de inmediato fue picado por el virus de la erótica japonesa, como le sucedió a Émile Zola, cuya casa tenía decorada con imágenes de “fornicaciones furiosas”, a juicio del historiador James Laver. La creación, por ejemplo, de su escultura en mármol La metamorfosis de Ovidio coincidió con ese súbito interés por el shunga, cuya colección descansa ahora en el Musée Rodin. Un día mostró a un crítico sus últimos dibujos junto a las estampas eróticas. “Parece que sus dibujos expresan más, pero sin haberlos comparado con estos grabados, probablemente no lo habría entendido o visto de inmediato”. “Por eso se los he mostrado juntos”, le respondió Rodin. “Ahora sé por qué mis dibujos tienen ese nivel de intensidad. Entre la naturaleza y el papel me he quitado el talento”.

Más allá de su colección de estampas de zoofilia, lo cierto es que Toulouse-Lautrec, pintor de los burdeles parisinos y los placeres de los cabarets, fue uno de los artistas cuya obra se vio impactada por el erotismo del Lejano Oriente. Ricard Bru lo bautiza incluso como

el Utamaro de Montmartre, por cuanto, explica, al igual que Utamaro realiza series sobre las bellas cortesanas del barrio del placer de Yoshiwara, Toulouse-Lautrec firma una suite, Elles (1896), en la que se convierte en cronista del día a día de la vida de las prostitutas en el burdel. El autor señala asimismo a Degas como un ejemplo paradigmático de la influencia del arte japonés sobre muchos pintores impresionistas de fin de siglo. Bru repara en las similitudes entre escenas íntimas femeninas y las estampas japonesas de su propia colección, más evidente en casos como La maison Tellier (1881).

No obstante, el primer artista europeo en coleccionar arte shunga fue Marià Fortuny. Al menos es el primero del que se tiene constancia. Se lo dio a conocer el también pintor Martín Rico durante una visita a Venecia: “Permaneció en silencio y luego me preguntó si podía prestarle los libros. Se los dejé, y al cabo de un mes me di cuenta de hasta qué punto Fortuny había alterado gran parte de su estilo y mejorado su pintura a la acuarela”. Bru sostiene que algunas de sus obras eróticas están relacionadas directamente con el shunga, como el estudio de la vagina en el que propone un retrato de la sensualidad sin complejos ni limitaciones. El autor no ha querido hacer un estudio exhaustivo, aunque en el libro pone muchos otros ejemplos (Beardsley, Sargent, Kirchner, Klimt, Schiele..) y se adentra en el siglo XX, con el primer Picasso, quien tal vez las vio por primera vez en el museo del diplomático Lindau en el paseo de Gràcia; André Masson y su Paisaje erótico, las cabezas fálicas de Magritte o los pulpos de Dalí, para acabar con Isao, nieto de Artigas, el amigo con el que Miró viajó a Japón y estableció su primera conexión con aquel nuevo mundo.

29-XII-13, T. Sesé, lavanguardia