los escoceses son hoy independientes para decidir su futuro

Hoy, desde las siete de la mañana que abren los colegios electorales hasta su cierre a las diez de la noche, Escocia vivirá en una burbuja y será en la práctica, aunque sólo sea por quince horas, libre e independiente. Será un momento mágico, suspendido en el tiempo, en el que los escoceses enjuiciarán su pasado y su presente, y tendrán el poder de decisión sobre su futuro: o mantener el statu quo y renovar el matrimonio de 300 años con Inglaterra, o romper la baraja y lanzarse a una aventura tan excitante como incierta. La soberanía, el poder y la autoridad estarán realmente en manos del pueblo, como corresponde... Por tanto, sea cual sea el veredicto de las urnas, Escocia y el Reino Unido pueden enorgullecerse ya de haber protagonizado un impecable ejercicio democrático, abordando el delicado envite secesionista con las mejores herramientas posibles: el respeto al contrario, el diálogo y la voluntad de pacto. 18-IX-14, lavanguardia

Si al final gana el sí en el referéndum del próximo jueves, se producirá un cataclismo que desmontará Gran Bretaña, cambiará de un plumazo el mapa de Europa, decapitará probablemente a toda la clase política inglesa, tendrá su impacto sobre el contencioso entre Catalunya y España, planteará dilemas a la Unión Europea, la OTAN, el Banco de Inglaterra y el FMI, pondrá contra las cuerdas a todo el establishment político y económico, y embarcará a los escoceses en una fascinante pero incierta aventura.

Pasarán muchas cosas, pero al principio -celebraciones al margen- no pasará en apariencia nada. Lo que comenzará es un complejo proceso negociador entre Edimburgo y Londres, como en los divorcios, para repartir los activos y pasivos de un matrimonio que habría acabado amistosamente -más o menos- después de más de tres siglos. Sería una negociación dura, pero las amenazas de la campaña darían paso el pragmatismo y el seny. A ambas partes les conviene llevarse lo mejor posible.

En la mañana del viernes, David Cameron sería aún el primer ministro de todos los británicos, incluidos los escoceses, y como tal tendría la incómoda tarea de acudir al palacio de Buckingham para informar a la reina de que así, de sopetón, ha perdido a un 8,3% de sus súbditos a no ser que decidan (como han prometido) aceptarla graciosamente como monarca. Escocia seguiría siendo una nación con poderes autonómicos limitados dentro del Reino Unido. Los tranvías seguirían circulando como todos los días por la Princess Street de Edimburgo, y la Union Jack seguiría ondeando igual que siempre en los edificios oficiales. Pero habría comenzado una cuenta atrás inexorable hacia el 24 de marzo del 2016, aniversario de la unión de las coronas en 1603 y del Acta de la Unión de 1707, la fecha fijada con exquisita simetría histórica para la declaración de independencia.

Inmediatamente, para calmar a los mercados, Londres habría de aclarar su posición respecto a una moneda común con Escocia, y hacerse responsable de la deuda escocesa en el caso de que no fuera atendida. La divisa, al menos inicialmente, podría registrar una caída sustancial. La OTAN -y el Pentágono- querrían saber lo antes posible qué va a pasar con la base de submarinos nucleares (armados con misiles Trident) que hay en el río Clyde, cerca de Glasgow, y si Alex Salmond está decidido a cumplir la promesa de desmantelarla para el 2020 -con un coste de más de 5.000 millones de euros que no se sabe cómo se repartiría-, y sustituirla por el centro de operaciones de una Marina a la escandinava, integrada por fragatas y buques patrulla. La infantería sería también convencional, compuesta por cinco regimientos y dos batallones. Unas Fuerzas Aéreas independientes comprarían un escuadrón de aviones de reconocimiento marítimo Orion, con un precio de 35.000 millones de euros cada uno. Las Fuerzas Armadas darían trabajo a 6.800 personas.

El camino no estaría exento de obstáculos, por mucho que la celebración del referéndum haya sido consensuada. De entrada el Parlamento de Westminster habría de aprobar una ley que permitiera oficialmente a Escocia entablar el proceso de independencia y negociar por su cuenta con los organismos internacionales (la UE, la OTAN, el Comité Olímpico Internacional...), algo que puede ser una mera formalidad o no tanto. Paralelamente, delegaciones de los gobiernos de Edimburgo y Londres intentarían ponerse de acuerdo sobre cómo valorar y repartir los bienes comunes, desde las embajadas en el extranjero hasta las pensiones y el petróleo del mar del Norte. Ahí estaría la madre del cordero.

Escocia aporta un 9,2% del producto interno bruto británico. La posición de Edimburgo es que históricamente ha generado el 9,5% de los ingresos del Tesoro en concepto de impuestos, y eso mismo es lo que debería recuperar, pero Londres no le ofrecería más del 8% en el inicio del regateo. Se estima que, de la deuda de 1,7 billones de libras que tiene el Reino Unido, Escocia habría de asumir 143.000 millones. Pero ha advertido que no lo hará si se le niega el derecho a seguir compartiendo la libra esterlina. Bancos, compañías de seguros y multinacionales trasladarían sus sedes corporativas al sur de la frontera, por lo menos hasta que se estabilizarse la situación, obligando a trasladarse a decenas de miles de empleados.

Paralelamente, a principios del año que viene, Escocia haría entrar en vigor una constitución provisional, y una ley otorgando al Parlamento de Holyrood los poderes legales necesarios para el establecimiento de un nuevo estado, y para negociar con lo que quede del Reino Unido y las instituciones internacionales.

Las elecciones generales británicas previstas para el 2015 podrían ser aplazadas, y si no habría que llegar a un acuerdo sobre el papel de los 59 diputados escoceses que resultarían elegidos. Lo más probable sería una provisión para que su mandato acabara en marzo del 2016, coincidiendo con la declaración de independencia. El Labour se quedaría de un plumazo sin unos 40 parlamentarios, y conseguir mayorías absolutas le resultaría complicadísimo. Los tories se convertirían en el partido alfa por antonomasia. Para entonces Cameron habría tenido que dimitir como "el primer ministro que perdió la Unión", y lo mismo el líder laborista, Ed Miliband.

El título oficial de la reina, aunque los escoceses la conservaran como jefa de Estado, dejaría de ser "Isabel II, monarca por a gracia de Dios y del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte y otros territorios de ultramar, Cabeza de la Commonwealth y Defensora de la Fe", y sería degradada a simplemente "reina del Reino Unido de Inglaterra, el País de Gales e Irlanda del Norte". Todo un golpe moral.

Pero si todo eso entra ya un poco en el terreno de la ciencia ficción, no digamos lo que pasaría a partir de la fecha mágica del 24 de marzo del 2016, cuando Escocia fuera oficialmente independiente. ¿Se convertiría en un paraíso de prosperidad, progreso y socialdemocracia al estilo escandinavo, con guarderías gratuitas para que las madres trabajen y un gran Estado de bienestar como asegura Salmond, o tendría que inclinar la rodilla ante unos mercados financieros que la castigarían con una prima de riesgo monumental, como sugieren los unionistas? El principal obstáculo a la utopía es una diferencia entre pobres y ricos muy superior a la de los países nórdicos, que sólo se reduciría marginalmente con una penalización fiscal a las grandes fortunas.

En parte todo dependería de cuánto petróleo queda en el mar del Norte, y si son correctas las estimaciones de que se trata de unos 24.000 millones de barriles que durarían hasta el año 2040. También de lo difícil o fácil que sería su extracción, y si el fracking -como sugieren algunos expertos- permitirá el acceso a yacimientos hasta ahora inexplorados. Es casi seguro que Londres y Edimburgo se repartirían el crudo utilizando las mismas fronteras marítimas que se aplican a la pesca, y que a Escocia le correspondería el 91%. Pero también habría que dividir los gastos de desmantelar plataformas y oleoductos que han quedado obsoletos, con un coste estimado de 50.000 millones de euros.

El sueño de los nacionalistas escoceses es crear un fondo de inversión con los ingresos del petróleo como el de Noruega. Pero aunque compararse con ese país es una quimera por su enorme riqueza energética, numerosos analistas consideran que, gracias a una mano de obra flexible, joven y bien formada, y con industrias tan potentes como la pesca, el whisky y el turismo, no debería tener problemas para desarrollar una economía tan dinámica como las de Dinamarca o Finlandia, o incluso Irlanda antes de la crisis y el colapso de su sector bancario. Escocia es uno de los 35 mayores exportadores del mundo, y su PIB per cápita sería superior al de Francia e Italia.

Habría una frontera con Inglaterra pero invisible, como la que separa al Ulster de la República de Irlanda. Londres ha planteado la posibilidad del establecimiento de controles fronterizos, pero ello sólo ocurriría si las políticas migratorias son divergentes. Lo más probable es que se uniformasen en los aspectos relativos a la seguridad, aunque Edimburgo busca captar inmigración neta (24.000 personas al año) porque su población envejece, y va a ofrecer a los estudiantes extranjeros la posibilidad de permanecer en el país después de licenciarse. El objetivo es que no hicieran falta pasaportes para pasar de un país al otro, pero ello dependería de la rapidez con que se tramitase el ingreso escocés en la Unión Europea como su miembro número 29. Los ciudadanos británicos residentes en Escocia serían considerados automáticamente ciudadanos escoceses.

Escocia tendría 100 embajadas o consulados repartidos por el mundo, en comparación con los 270 del Reino Unido. Aunque ya tiene ahora sus propias selecciones de fútbol y rugby, dejaría de competir como parte de Gran Bretaña en los Juegos Olímpicos, y estrellas como el tenista Andy Murray habrían de decidir si abstenerse de participar en los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro 2016, hacerlo con Inglaterra o bajo la bandera olímpica.

Y si el nuevo gobierno quiere ser realmente radical, ya hay planes de contingencia para cambiar la señalización de las carreteras y conducir por la derecha, como en el continente europeo. Pero son las cuentas de la lechera. Para todo ello, primero ha de ganar el sí...

16-IX-14, R. Ramos, lavanguardia