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"¿Una cama para dos?", Sergio Daniel Bote

Cada uno de nosotros pasamos, de media, veinticuatro años de nuestra vida durmiendo. Y una vez adultos, solemos hacerlo al lado de otra persona. Un tiempo muy largo que compartimos con alguien que nos da calor, seguridad, compañía, intimidad, experiencias compartidas… Alguien que también puede roncar, que tira de las sábanas, que tiene los pies fríos, o se levanta cada rato para ir al baño, o habla en sueños, o padece sonambulismo… Compartir la cama, conciliar el sueño y levantarnos de buen humor junto a nuestra pareja puede suponer un auténtico desafío y convertirse, según los casos, en un sueño o en una pesadilla. “La cama es todo en el matrimonio”, escribió Balzac, pero… ¿estamos realmente hechos para dormir a dos?

Las camas más antiguas que se han encontrado no eran más que pilas de paja u otros materiales vegetales, a veces recubiertos con pieles. Según explica la historiadora Michelle Perrot en su libro Historia de las alcobas (Siruela, 2011), el origen de dormir a dos en una estancia separada tiene mucho que ver con la religión cristiana. En la Antigua Grecia, aunque existía una cama conyugal, las mujeres tenían reservadas una parte de la casa, el gineceo, en donde dormían si el marido no reclamaba su presencia para el acto sexual. Lo mismo en Roma, donde las camas, en forma de pequeños divanes, tenían un uso social (para comer, recibir visitas) y para dormir cada uno se retiraba a su cubiculum. Son los padres dela Iglesia quienes propugnan la separación de los cónyuges del resto de la familia y su obligación de tener un lecho en el que cumplir el “deber conyugal”. Durante siglos, los campesinos solían tener una única cama donde dormía toda la familia: tener sexo era algo reservado para fuera. Sin embargo, los ricos y poderosos duermen solos: en Versalles y otros grandes palacios europeos, el rey y la reina tenían cámaras separadas, en las que recibían visitas. El soberano acudía a la habitación de la reina (o de sus amantes) sólo cuando así lo deseaba. No es hasta la revolución industrial cuando el dormitorio de matrimonio burgués se generaliza –fundamentalmente por la falta de espacio en las nuevas viviendas urbanas– y de ahí hasta nuestros días.

Así, aparte de simbolizar el amor de pareja y el matrimonio, la cama doble puede ser un genuino campo de batalla teniendo en cuenta que cada noche realizamos, de media, entre treinta y cuarenta movimientos. Además, uno de cada tres españoles sufre algún problema al conciliar el sueño, según datos dela Sociedad Españolade Sueño (SES). Los más afectados son los adultos en la franja de edad de entre 35 y 55 años, y los problemas son de lo más variado: insomnio (uno de cada cinco españoles), apnea, síndrome de piernas inquietas, alteraciones de los ritmos circadianos… Para más inri, se calcula que entre el 50% y el 70% de los españoles ronca, y es más habitual en hombres que mujeres. Estos ruidos molestos pueden impedir que el compañero de lecho descanse correctamente. “Sabemos que cualquier movimiento o ruido puede afectar a nuestro sueño, haciéndonos pasar de un sueño profundo a uno más superficial. Desde un punto de vista idealizado, lo óptimo sería dormir sin que nada ni nadie interfiera en nuestro sueño”, asegura el doctor Eduard Estivill, médico especialista del sueño, director dela Clínicadel Sueño del Instituto Dexeus y autor del famoso método para hacer dormir a los niños pequeños. Aunque sólo hay un puñado de estudios que reflejen la incidencia directa de dormir en pareja en el sueño, sí se sabe que el ambiente es fundamental, y al igual que el dónde y el cómo, también influye el con quién.

Según una encuesta realizada hace unos años por Philips, un 48% de las parejas se despierta por culpa de un codazo de su compañero. Un 12% asegura, además, despertarse a causa de los gritos del cónyuge. Sólo un 6% certifica ser despertado por algo más agradable: un beso. Sin embargo, la encuesta no reflejaba a los que se atrincheran con el edredón y destapan a su cónyuge…

Otro problema que puede tener una incidencia sobre el descanso a dos es el tamaño del colchón. Desde principios del siglo XX no hemos dejado de crecer en talla y peso, y, sin embargo, la cama matrimonial no ha crecido demasiado. Según el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), en el último siglo los españoles han crecido11 centímetrosy las españolas, 7 centímetros: una evolución en la estatura media mucho más rápida e intensa que en otros países de nuestro entorno. La talla media de un varón nacido en 1910 era de1,66 metrosfrente a 1,55 en la mujer; mientras que los nacidos en 1982 miden1,77 metros(ellos) y 1,62 (ellas) de media. En cuanto al peso, pesamos unos nueve kilos más.

Pero la cama matrimonial por excelencia sigue inmutable con sus 135 centímetros. “Hay una cierta contradicción con el hecho de que se considera normal para un colchón individual de 90 cm de ancho y, sin embargo, en los colchones matrimoniales, la demanda de lo que sería lo mismo pero para dos, es decir,180 cms significativamente baja… Resulta lógico por cuestiones de superficie (no todo el mundo tiene habitaciones suficientemente amplias), pero hay un gran abanico de opciones intermedias”, explica Ignacio Fernández, secretario general dela Asociación Española de la Cama (Asocama), que reúne a los principales fabricantes de colchones del país. Tradicionalmente, los dormitorios españoles son más pequeños que en el norte de Europa y suelen incorporar armarios empotrados o cuartos de baño que restan espacio al que debiera ser el mueble presidencial: la cama. “En los últimos años ha crecido la demanda de colchones de 150 cm frente a los de 135 –añade–, pero no lo suficiente. Hay también colchones de1,60 cm, más próximos al ideal de 180 y que, por ahora, no tienen tanta salida en el mercado… es difícil incluso encontrar sábanas”.

En el 2012, se realizó una investigación en la unidad del sueño del hospital Hôtel-Dieu de París bajo la dirección del doctor Damien Léger en la que se estudió el sueño de diez parejas de diferentes edades, primero en camas de  140 centímetrosy posteriormente de 160 centímetros. El tiempo de sueño profundo aumentó un 15% y el número de despertares bajó un 25% en el lecho de mayor tamaño. “Es cierto que el tamaño del colchón influye en el sueño. Lo recomendable es un colchón ancho o mejor dos colchones individuales aunque utilicemos las mismas sábanas o mantas”, señala el doctor Estivill.

En realidad, también usamos la cama para muchas otras cosas además de dormir. Según un estudio de Asocama, para casi un 58% de los españoles es el lugar ideal para el sexo, un 26% la usa para ver la televisión, un 25% para leer, casi un 3% para… ¡trabajar! (quizás siguiendo el ejemplo de Winston Churchill o Rossini, entre otros…) e incluso un 2% para comer… Sin despreciar las nuevas tecnologías, que han irrumpido con fuerza en nuestros dormitorios: smartphones, tabletas, ordenadores portátiles… Eduard Estivill matiza: “Es recomendable que sólo se vaya a la cama a dormir. Ver televisión, leer, y otras actividades es mejor hacerlo antes de ir a la cama. Aunque puede darse el caso en algunas parejas de que haya coincidencia en los hábitos anteriores al sueño, sin que causen mayores problemas”. Entre dichos hábitos tiene un lugar preponderante el sexo, pero antes de dormir puede que no sea una buena idea. “En el hombre, cuando alcanza el orgasmo se produce un estado de relajación que puede propiciar el sueño si esto sucede por la noche. Pero en la mujer, simplemente porque su fisiología es diferente, no le sucede lo mismo; es decir, no tiene este estado de relajación ya que su cuerpo puede esperar varios orgasmos seguidos. Por lo tanto, tener sexo no sería el mejor hipnótico para las mujeres”, asegura Estivill.

Cuando los problemas se tornan insoportables, muchos deciden cortar por lo sano y separar en diferentes esferas pareja y descanso. En Estados Unidos, un sondeo reciente de la National Sleep Foundation asegura que un 23% de los estadounidenses casados duermen separados. En el Reino Unido, uno de cada cuatro encuestados por el Sleep Council confiesa cambiarse de habitación o ir a dormir al sofá cuando tiene problemas para conciliar el sueño. ¿Es malo para la pareja? Las opiniones son diversas. “Dormir es un hábito”, explica el doctor Guillem Feixas, catedrático del departamento de Personalidad, Evaluación y Tratamiento Psicológico dela Universitat de Barcelona. “Al igual que un niño se acostumbra a dormir con su peluche, o con la luz encendida, en el caso de las parejas se trata de acostumbrarse a las características del otro. Dormir juntos refleja un vínculo intenso”, añade. Por su parte, el doctor Estivill considera que “todo se soluciona hablando. Muchas parejas duermen en camas separadas o incluso en habitaciones separadas y esto no quiere decir que no se quieran. Simplemente es una cuestión de sentido común: han entendido que el descanso es primordial para estar bien durante el día”.

Sin embargo, dormir a dos también puede ser beneficioso para la salud, siempre que la adaptación a los hábitos de sueño del otro sea completa. Por ejemplo, investigadores dela Universidadde Pittsburgh (Estados Unidos) sugieren que descansar junto a alguien, al incrementar la sensación de seguridad, contribuye a reducir la hormona del estrés, el cortisol. Para el investigador y divulgador científico David Hamilton, es una excelente manera de producir oxitocina, “que se crea no sólo haciendo el amor, sino también permaneciendo abrazado a alguien, estando feliz en su compañía o incluso charlando en la almohada”. La oxitocina es la llamada hormona del amor, que favorece la empatía y las interacciones afectivas.

A juicio de Guillem Feixas, “dormir tiene una dimensión afectiva importante. En el momento de dormir regresamos simbólicamente a una situación infantil en la que no estamos desprotegidos, un estadio evolutivamente arcaico. Con quien te acuestas es con quien bajas tus defensas y no pones barreras. Si no ves al otro como vínculo de compañía y lo ves como un incordio, puede ser un indicador de que algo no anda bien en la pareja”, concluye.

2-III-13, S.D. Bote, es/lavanguardia