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"Ignorancia antropológica", Sergi Pàmies

El inglés es una asignatura obligatoria que no aprendemos nunca del todo. De pequeños nos enseñan frases como “Peter and Molly are going to the swimming pool”. Cuando somos mayores constatamos que con este bagaje no iremos a ninguna parte y nos matriculamos en academias donde nos asignan un ordenador para que, conectados a unos auriculares seborreicos, juguemos a repetir frases inverosímiles. El rigor del método es humanamente humillante, pedagógicamente discutible, escandalosamente caro y se basa en un pacto tácito: el estudiante finge aprender y el profesor finge enseñar. En España el inglés es una asignatura-simulacro, creada para que si un inspector entra en una clase pueda dar fe de que se está enseñando inglés, pero que hará la vista gorda para no admitir que la asignatura se imparte con un nivel de exigencia y un ritmo de aprendizaje tan precario que nunca cuajará más allá de cuatro frases tragicómicamente deshechas. Durante años no había que aprender inglés porque el país había convertido el aislamiento en orgullo y la españolidad en autarquía impermeable. Previendo el futuro de emigración darwiniana que les espera, los jóvenes han mejorado su nivel de inglés pero aún hay demasiadas generaciones de españoles que tenemos dificultades para explicarle a un turista cómo llegar a la Sagrada Familia. Pretender que los políticos responsables de haber preservado este sistema educativo catastrófico sean locuaces en inglés es pedir demasiado y pondría en peligro la democratización de la ignorancia que define parte de nuestra sociedad. Por eso, en lugar de cachondearnos de artistas tan lingüística y genuinamente temerarios como el matrimonio Aznar Botella, deberíamos entender que la excelencia políglota nos perjudicaría porque nos pondría (a la mayoría) en evidencia. Si el aprendizaje de idiomas de algunos países civilizados se define por la voluntad de combatir el aislamiento a través de sistemas educativos inteligentes, el no aprendizaje hispánico describe la tendencia a recelar del resto del mundo, a confiar en un clima tan benigno que invita a hablar poco y a sospechar que este país se caracteriza por haber interiorizado la fatalidad -o el privilegio- de no necesitar idiomas para acabar siendo camarero, guitarrista, gigoló de discoteca o parado crónico. Los políticos no necesitan saber inglés porque creen que así se parecen más a sus electores. Y, para corresponderles, los electores tampoco lo aprenden porque intuyen que no saber inglés en España es una condición obligatoria para triunfar y acabar siendo presidente del gobierno o princesa del pueblo.

15-IX-13, Sergi Pàmies, lavanguardia

“No creo que el inglés fuera lo peor de la candidatura de Madrid 2020. Lo peor fue que la alcaldesa hablara a los miembros del COI como si fueran niños y el contenido, tratándose de una ciudad con problemas”. Dolors Camats estructura muy bien sus respuestas y además concisamente, como si el inglés y ella estuvieran hechos a la medida. “Hay tres razones por las que hablamos poco inglés en nuestro país: tenemos una lengua –el castellano– con mucha fuerza internacional, un sistema educativo que no es el mejor del mundo y donde además el inglés no es tampoco de lo más fuerte y doblamos en cine y televisión”. Pone como ejemplo Portugal: ¿por qué ellos sí y nosotros no? “Crecen escuchando inglés en los dibujos animados, las películas, las series... No hacerlo aquí no ayuda”.

15-IX-13, lavanguardia