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"Pussy Riot: cuando el arte sirve a la revolución", Jordi Balló

Sólo fueron cuarenta segundos de actuación (http://www.youtube.com/watch?v=grEBLskpDWQ), pero será difícil encontrar un acto artístico-crítico con un efecto político tan directo al corazón de un poder, en este caso el ruso, como el que protagonizaron cinco miembros del grupo Pussy Riot el 21 de febrero de 2012 en la catedral del Cristo Salvador de Moscú.

SERGEY PONOMAREV / AP Protesta de las Pussy Riot, en febrero del 2012, en la catedral del Cristo Salvador de Moscú

Su oración punk que imploraba a la Virgen Maria para que colaborara en echar a Vladímir Putin del poder, acabó con la detención de las participantes, el juicio a tres de ellas, la condena a dos años de cárcel y la consecuente entrada en prisión de Nadezhda Tolokónnikova, María Aliójina y Yekaterina Samutsévich.

Las dos primeras estaban aún encarceladas en dos centros distintos, que ahora acaban de abandonar. Se trata de un hito en el castigo a un gesto musical como delito de conciencia.

La detención de las Pussy Riot fue extremadamente fotogénica, porque en la imagen quedaba evidenciada la distancia estética entre su actitud irreverente frente a los iconos eclesiásticos y el poder autoritario y sombrío al que atacaban. El siguiente paso, el juicio, también fue igualmente icónico, aunque aquí fue el poder político y judicial el que pensó la manera de establecer un mecanismo de humillación. Las tres encausadas fueron situadas en el interior de una urna de cristal, como si fueran tan peligrosas como los mafiosos que se juzgaron en el macroproceso contra la Camorra o cuando se detuvo al líder de Sendero Luminoso, Abimael Guzmán, metido en una construcción parecida. Pero lejos de amilanarse por estar situadas en el escaparate mediático, las tres artistas inculpadas mantuvieron siempre el tono desafiante contra el gobierno de Putin, al que culpaban directamente de su proceso y su previsible condena. Este uso libre de la palabra sembró una nueva evidencia: que la performance contra el poder también se expresa en la contestación de un ritual que parece neutral, el del juicio. En los días que duró el proceso, se dirimía quién hacía escarnio de quién. Las tres jóvenes ganaron de largo el combate internacional por la imagen.

El modelo revolucionario planteado por este grupo feminista parte de una idea de fondo: para hacer frente al poder que se presenta opaco, funcionarial y cuyos procedimientos quedan siempre en la invisibilidad, hay que forzar la máquina performativa opositora. Hay que idear una forma de presentarse, una actitud, un mensaje visual y musical, una indumentaria, un color, una gestualidad capaz de comunicar sus intenciones aunque sólo sea por pura oposición a una máquina omnipotente. Esa poética del exceso es revolucionaria porque no parte únicamente de la coreografía. Detrás de los pasamontañas se pudo identificar los rostros de las tres inculpadas y el mensaje ganó radicalismo. No era sólo de una actuación de cara a la galería, sino un auténtico pulso con el poder, en el cual las tres mujeres son a la vez razón y gesto. El famoso juicio a los diez de Chicago, en los años sesenta no estaba lejos de ahí, aún cuando las Pussy Riot incorporaban al mismo la causa feminista.

A diferencia de otros casos, las Pussy Riot han salido de la cárcel sin dar las gracias a nadie. Lo han hecho denunciando la operación de relaciones públicas que representa esta amnistía y su compromiso en no desfallecer en el empeño de su denuncia. Si sólo se tratara de activistas políticas, Putin podría pensar en acallarlas, o alejarlas de los focos. Pero las Pussy Riot proponen una forma artística de oposición y, como toda formalización, es contagiosa y reproducible en otros tantos cuerpos que toman el relevo. El arte performativo es muy resistente. Y el poder lo sabe.

24-XII-13, Jordi Balló, lavanguardia