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"El peor amigo del perro", Albert Sánchez Piñol

La nueva ordenanza barcelonesa sobre tenencia de animales ha reabierto el viejo debate sobre los perros urbanos. Un político del ayuntamiento ha afirmado que antes de aprobarla habían consultado con representantes "de todas las sensibilidades relacionadas con el mundo animal". Eso está muy bien. Y aún habría sido mejor si también se hubiera consultado alguna sensibilidad humana. Porque, o mucho me equivoco, o el Ayuntamiento de Barcelona no se ha tomado la molestia de consultar a un gran sector de ciudadanos: los que consideran que los perros urbanos no son más que una fuente insalubre y perniciosa de molestias.

Ya lo sabemos, es un debate infinito. Mientras haya ciudades y perros no vamos a librarnos de un tema recurrente, poliédrico, inacabable: la caca de perro. En realidad el problema consiste en reducirlo todo a una cuestión de civismo. ¿Y si hiciéramos el esfuerzo de plantearnos una pregunta más elevada? Por ejemplo: ¿cómo tendrían que ser unas relaciones correctas entre lo natural y lo cultural?

En sus inicios el hombre y el perro establecieron una hermosa relación simbiótica. Se protegían mutuamente, y gracias a esta compañía el ser humano pudo combatir su soledad cósmica. Pero miles de años después, ¿qué sentido tiene la presencia de perros en las ciudades, en la civis, tan alejados de su mundo naturalis?

Seamos sinceros: ¿es sano, lógico o simplemente benévolo encerrar a una criatura que desciende directamente del lobo en pisos de 65 m<MD+>2? El perro urbano no acerca la ciudad a la naturaleza, al contrario: degrada y pervierte el mundo natural. Y, de hecho, el perro no es el beneficiario de la modernidad, sino su víctima.

Lo peor quizás sea la arrogancia manipuladora que el hombre se ha otorgado sobre la genética del perro. Los hemos obligado a procrear siguiendo nuestros caprichos delirantes, emancipados de cualquier interés útil o benefactor. Así, podemos encontrar un lebrel irlandés de más de 80 centímetros de altura, o un gran danés que puede llegar a pesar 100 kilos, y simultáneamente hemos creado razas ridículamente enanas: leo que el récord del perro más pequeño del mundo lo ostenta la perra Milly, una chihuahua que sólo mide... ¡9,6 centímetros! ¿No es eso una aberración?

Todos conocemos a alguien que considera a su perro más sensible que Modigliani, más inteligente que Einstein y más listo que Carpanta. Pero el problema no son los perros, ni los amos de los perros. Insisto: no es una cuestión de civismo, sino de una visión distorsionada del mundo animal. En cierta ocasión el embajador inglés en China regaló al emperador unos cachorros de una raza particularmente valorada. En la siguiente recepción diplomática el embajador preguntó a su majestad cómo estaban los perritos. "¡Hum, sí!", contestó el emperador: "¡Deliciosos!".

¿Por qué nos escandaliza tanto que alguien se coma un perro y no nos ofendería si, por ejemplo, fuera un potro? Seguramente porque hemos incorporado tanto a los perros en nuestras vidas que tendemos a verlos como humanos en miniatura. Y no lo son. Alexandra Horowitz, del Barnard College de Nueva York, ha publicado un estudio que clarifica muchas conductas animales que tendemos a humanizar. Horowitz afirma cosas tan obvias como que los perros caseros no tienen la capacidad de sentir vergüenza, de modo que no pueden disculparse aunque a nosotros nos parezca que lo hagan. O que cuando un perro lame nuestros labios con su lengua no es amor: es un mecanismo diseñado para que la madre regurgite comida.

Nuestra visión enfermiza del mundo animal lo distorsiona todo. También la política. Pensemos en el PP o C's. Cualquier céntimo que se dedique a promocionar la catalanidad o la cultura catalana será sistemáticamente impugnado por estos dos partidos. ¿Por qué no impugnan los presupuestos dedicados a los pipi-can, perreras y demás estructuras relacionadas con la perrería? ¿O es que las bestias son más importantes que la cultura? ¿No sería preferible dedicar esos espacios y recursos a nuestros niños o nuestros ancianos?

En Barcelona ciudad hay 30.000 perros censados, cifra ridícula comparada con la real, que algunos cálculos sitúan en 300.000. Reflexionemos: aunque el Ayuntamiento quisiera resolver las necesidades logísticas de esta fauna inmensa ¿cómo podría hacerlo? Respuesta: no podría. O sea, que los perros urbanos plantean un problema tan previsible como irresoluble, y en vez de intentar solucionarlo nos limitamos a gestionar su mierda. Y mal. Y mientras tanto centenares de miles de perros continuarán dándonos la lata, aullando cuando oyen la sirena de una ambulancia, despertándonos con sus ladridos las madrugadas del domingo, desde el otro lado del tabique, y ensuciando nuestras calles. No creo que en toda Barcelona quede ni una esquina libre de orines de perro, de esas repugnantes, malolientes y omnipresentes manchas negras.

Tendríamos que repensar nuestra relación con los animales. Ubicarlos donde les corresponde, es decir, en la naturaleza. Y no entre nosotros, reducidos a la triste condición de electrodomésticos vivos que defecan, ladran y babean, y todo a cambio de ejercer como depósitos de un amor triste, sí, muy triste, porque somos incapaces de dirigirlo hacia quien realmente lo merece y necesita: nuestros conciudadanos menos favorecidos.

23-III-14, Albert Sánchez Piñol, lavanguardia