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"Religiones y libertades democráticas", Ferran Requejo

El hecho es que la evolución de la vida en el planeta ha creado unos cerebros humanos propicios a ser crédulos.

Desde el neolítico resulta clara la función política de las religiones. La legitimación del poder se ha hecho a menudo en términos religiosos. El palacio y el templo representan los dos símbolos básicos del poder,característica que llega hasta el siglo XXI.

Sin embargo, la lógica religiosa y la lógica liberal-democrática no casan bien. Las revoluciones liberales establecieron lo que se denomina la gran separación, como mínimo parcial, entre política y religión (cristiana). En la modernidad, el proceso se inició hace más de tres siglos. Hobbes es un punto de referencia. En los países occidentales las religiones se fueron privatizando. La constitucionalización de las libertades religiosas, de pensamiento y de expresión son parte del núcleo de esas revoluciones que significaron un salto decisivo en términos de emancipación. En el ámbito político, la domesticación de las religiones ha sido un avance institucional indiscutible de la mano de los derechos y libertades de ciudadanía.

El modelo político más congruente con los valores, derechos y principios de las democracias liberales es el laico, que mantiene que el Estado tiene que ser neutro en materia religiosa y tiene que proteger el pluralismo. En él, las posiciones religiosas, ateas o agnósticas no tienen que invadir nunca la esfera política institucional, sino que pertenecen a la esfera privada de los ciudadanos. Francia es la democracia que más se acerca a este modelo. Sin embargo, la mayoría de los estados democráticos no son propiamente laicos. Algunos incluso mantienen religiones oficiales o con una posición privilegiada en sus legislaciones (Alemania, EE.UU., Reino Unido, España...). En este sentido resulta obsoleto, por ejemplo, que edificios como parlamentos, juzgados o escuelas públicas muestren signos religiosos, o que se hagan funerales de Estado con rituales de una religión particular. También lo es que los ministros de las democracias liberales (o en Catalunya los consellers) juren o prometan su cargo ante signos religiosos particulares (crucifijo, Biblia, Corán...). Se trata de cargos públicos que se deben a todos los ciudadanos con independencia de su creencia religiosa. Las razones a veces aducidas de que se trata de prácticas basadas en elementos culturales propios o de símbolos de la religión mayoritaria resultan muy débiles en términos liberal-democráticos.

El reciente atentado a Charlie Hebdo ha vuelto a poner de actualidad el recurrente debate sobre si la libertad de expresión y de crítica tienen que restringirse ante el peligro de que grupos radicales religiosos cometan atentados cuando se crean agraviados.

Estigmatizar genéricamente una religión (o grupos étnicos o nacionales) no es una actitud ni demasiado ética ni demasiado inteligente. No muestra respeto por las creencias en una sociedad pluralista. Entiendo las posiciones que piden prudencia en el tratamiento de ciertos temas. Pero una cosa es la prudencia como virtud política y otra que tengan que restringirse las libertades democráticas. Cada sociedad presenta modulaciones. Los códigos penales de las democracias no son coincidentes. Sin embargo, una restricción autoimpuesta de las libertades constitucionales representaría un paso atrás en términos emancipadores, más allá de lo que cada ciudadano considere opiniones o expresiones gráficas de buen o mal gusto. Una democracia adelantada tendría que tender al modelo laico en la regulación del pluralismo religioso. La gran separación aún tiene camino por recorrer en la optimización de los valores de la libertad, la igualdad y el pluralismo en las democracias actuales.

2-II-15, Ferran Requejo, lavanguardia