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"Alianzas líquidas en Oriente Medio", Eduard Soler i Lecha

http://anuariocidob.org/alianzas-liquidas-en-oriente-medio/

¿Puede Zygmunt Bauman ayudarnos a entender la volatilidad de las alianzas en Oriente Medio? Su concepto de “modernidad líquida” describe una situación de cambio permanente, de fragilidad y vulnerabilidad. Adjetivos que él aplicó al ámbito laboral, a la comunidad o al individuo pero que también pueden aplicarse al orden regional, sus instituciones y sus protagonistas.

Bauman sostiene que las estructuras sociales que condicionan el comportamiento de los individuos se deshacen más rápidamente de lo que tardan las nuevas en formarse. No hay tiempo, nos dice, para desarrollar una estrategia consistente, no hay pensamiento ni planificación a largo plazo. Tras cada movimiento surge un nuevo elenco de oportunidades y amenazas. El miedo se perpetúa y da lugar a respuestas defensivas. El principal temor es quedar apartado, o, en palabras de Bauman, a perder el tren o a salir disparado por la ventana de un vehículo en aceleración. Algo parecido les sucede a los dirigentes de Oriente Medio.

No hay bloques sólidos y cuando se forja una alianza no se fundamenta en una identidad o proyecto común sino en el miedo. La percepción de qué o quién representa una amenaza cambia en función de acontecimientos puntuales y es así como proliferan alianzas que se circunscriben a un tema y suelen tener fecha de caducidad. Son alianzas líquidas que se adaptan al relieve. La otra cara de la moneda es que las rivalidades también son líquidas. Actores tradicionalmente enemistados hacen frente común en un tema concreto sin con ello reconocerse como aliados.

Lo líquido ha ido ganando a lo sólido sin sustituirlo plenamente. Por eso, tan importante como intentar entender las alianzas líquidas, es explicar por qué hay actores que persisten en la voluntad de forjar alianzas sólidas y también por qué algunas rivalidades son constantes. Para encontrar respuestas es útil poner el foco en conflictos regionales como Siria, Yemen y Libia pero también en los altibajos que han caracterizado las relaciones entre Rusia y Turquía, por un lado, y entre Arabia Saudí y Egipto, por otro. También es relevante ver si este baile de alianzas se circunscribe a Oriente Medio o ha desbordado hacia el Magreb. Y si hablamos de alianzas, Estados Unidos ocupa un papel central con lo que habrá que preguntarse si la elección de Trump solidifica el esquema de alianzas existente o les infunde mayor liquidez.

En este análisis los europeos son un actor secundario. No solo porque la Unión Europa y sus estados miembros están enfrascados en otras batallas sino, sobre todo, por cómo se les ve en la región. Salvo quizás en el Magreb, Europa no es vista como un potencial aliado –ni sólido ni líquido– sino como un socio comercial, un impulsor de reformas o un actor capaz de intervenir ante crisis humanitarias.

¿Quién apoya a quién en Siria?

Este conflicto ha ido cambiando de forma y se ha multiplicado el número de actores relevantes. Se inició como una movilización pacífica y devino un acto de insurgencia; la lucha por la libertad y la dignidad fue quedando eclipsada –o incluso secuestrada– por dinámicas sectarias. El régimen, con la inestimable colaboración de la organización Estado Islámico (EI) y el Frente al-Nusra (vinculado a Al-Qaeda) consiguió situar este conflicto en el marco de la lucha contra el terrorismo. Un conflicto eminentemente local fue adquiriendo una dimensión regional, primero, y global, poco después.

Alguien podría pensar que Siria no es el mejor caso para hablar de alianzas líquidas. ¿Acaso no ha recibido al-Asad un sólido apoyo por parte de Moscú y Teherán? Siendo cierto, también hay que tener en cuenta que el objetivo que persigue cada uno de los tres vértices del triángulo es distinto: para al-Asad se trata de supervivencia, para Irán de evitar que sus rivales regionales se hagan con el control de Siria, y para Moscú prima su proyección como actor global. Por lo tanto, si estos intereses entraran en contradicción la alianza podría disolverse. De hecho, en varios momentos se ha especulado que tanto Moscú como Teherán podrían haber dejado caer a alAsad si hubieran tenido la certeza que lo que viniese después iba a preservar sus intereses vitales.

Entre quienes han apostado por la caída de al-Asad, la fluidez de las alianzas es mayor. A nivel local hay grupos luchando juntos en una determinada provincia pero enfrentados entre sí en otras partes del país. Los apoyos exteriores también han ido cambiando. Al principio, Estados Unidos y varios países europeos apostaron exclusivamente por grupos rebeldes vinculados al Ejército Libre Sirio. Sin embargo, a partir de 2015, algunos decidieron apoyar a las milicias mayoritariamente kurdas vinculadas de SDF-YPG, presentadas como el actor más efectivo en la lucha contra EI1. Turquía, Arabia Saudí y Qatar también han apoyado a distintos grupos rebeldes pero lo han hecho de forma tan descoordinada y siguiendo objetivos tan dispares que han contribuido a la fragmentación del campo opositor.

De hecho, Siria es un buen ejemplo del carácter líquido de las rivalidades. Los principales actores locales han ido cambiando su definición de amenaza, bien sea por acontecimientos en el campo de batalla o por cálculos instrumentales. Por ejemplo, el régimen de al-Asad no se enfrentó directamente al EI hasta finales de 2015, en una maniobra que le permitió reforzar la retórica antiterrorista y ampliar apoyos dentro y fuera del país. Las fuerzas kurdas (SDFYPG) también reforzaron su lucha contra el EI para mejorar su reputación internacional y local.

En cuanto a países como Estados Unidos, Francia o Turquía hemos visto como durante largo tiempo sostuvieron que no habría solución sin la marcha de al-Asad. Sin embargo, a medida que han puesto más énfasis en la necesidad de luchar contra otros grupos, la rehabilitación de al-Asad ha ido tomando cuerpo.

En el vecino Irak se observan dinámicas parecidas aunque de menor intensidad. En octubre se lanzó la operación sobre Mosul para expulsar al EI de la ciudad coordinada por el Gobierno de Bagdad y con participación de todo tipo de fuerzas (ejército regular, los peshmergas kurdos, milicias confesionales y apoyo internacional tanto de Irán como de Estados Unidos). Esta operación propició, a finales de 2016, un raro momento de unidad nacional. ¿Volverán a enfrentarse cuando hayan liberado la ciudad?

El carácter líquido de las alianzas y contra-alianzas en Siria, y en menor medida en Irak, refleja tres dinámicas superpuestas: oportunismo de actores locales, juego de suma negativa por parte de las potencias regionales (siempre dispuestas a asumir pérdidas siempre que la de sus rivales fueran mayores), y el tacticismo de los principales actores internacionales.

 
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Cómo se convirtió Libia en un conflicto regional

Aunque con menor virulencia, estas dinámicas se han reproducido en Libia. Cuando el proceso de transición estalló en 2014 y se formaron dos estructuras gubernamentales paralelas (lo que se conoció como los gobiernos de Tobruk y de Trípoli) varios actores regionales tomaron partido2.

El caso más notorio es el apoyo económico y militar de Egipto y de Emiratos Árabes Unidos al Gobierno de Tobruk y al ejército encabezado por el mariscal anti-islamista Khalifa Haftar. Un apoyo que llegó a traducirse en una campaña de bombardeos sobre Trípoli por parte de aviones de los Emiratos Árabes Unidos con apoyo logístico egipcio3. En el lado opuesto, Qatar y Turquía apoyaron el Gobierno de Trípoli, caracterizado por la presencia de miembros de los Herma nos Musulmanes. Incómodos con esta confrontación, los vecinos magrebíes (Túnez y Argelia) apoyaron iniciativas de diálogo nacional y rechazaron la idea de una intervención internacional4.

La implicación de todos estos actores dio a entender que este país norteafricano se estaba convirtiendo en escenario de una confrontación regional articulada en torno al grado de antipatía o simpatía que generan los Hermanos Musulmanes. Los actores que perciben a este grupo como una amenaza para la seguridad del régimen (Egipto, tras la caída de Morsi y EAU desde un buen principio) son los que más activamente se implicaron en el conflicto. Especialmente interesante, aunque poco documentada, es la evolución de las posiciones saudíes. Su apoyo inicial al gobierno de Tobruk fue desvaneciéndose en paralelo con el reacercamiento a los Hermanos Musulmanes en otros escenarios de conflicto (están en el mismo bando en el conflicto de Yemen y el rey Salman se entrevistó con el líder de Hamás en julio de 2015) y coincidió con el cambio de política en Libia.

Mención aparte merecen los actores extrarregionales. Formalmente Estados Unidos y los países europeos, especialmente Italia, apoyan el proyecto de Gobierno de Unidad Nacional5. Sin embargo, a lo largo de 2016 se empezó a especular que Washington, Londres y París habrían prestado apoyos puntuales a Haftar6. Mucho más visible ha sido la aproximación entre Rusia y Haftar7, algo que genera inquietud en una Europa que no querría ver al Kremlin teniendo un papel en Libia parecido al que viene desempeñando en Siria.

Yemen: ¿una guerra subsidiaria?

El concepto de guerra subsidiaria (proxy war en inglés) se ha empleado de forma recurrente para describir la guerra en Yemen. Desde esta perspectiva, saudíes e iraníes utilizan como peones a actores locales en un enfrentamiento de alcance regional que se estaría librando simultáneamente en otros puntos de la región como Siria, Irak o Bahrein. En el origen de esta confrontación se situaría el temor saudí a verse acorralada. No ayuda que responsables iraníes presuman, en público y en privado, de que ya controlan cuatro capitales árabes: Beirut, Damasco, Bagdad y Sanaa.

Riad teme que los iraníes trasladen el conflicto dentro de la propia Arabia Saudí, donde reside una importante minoría chií. Desde esta perspectiva, Irán no es sólo un competidor por la hegemonía regional sino una amenaza existencial para el régimen. Los iraníes, por su parte, exigen ser tratados como una gran potencia regional y no como un Estado paria.

En Yemen saudíes e iraníes han tomado partido por bandos opuestos pero su grado de implicación es dispar. A los iraníes se les acusa de financiar y armar a los hutíes, un grupo zaidita (una rama del chiísmo distinta a la mayoritaria en Irán) originaria del norte del país y con un fuerte componente tribal. En cambio, los saudíes han intervenido directamente en el campo de batalla, liderando la operación “Tormenta Decisiva”.

El conflicto actual arranca en 2014 cuando los hutíes ocuparon la capital y desalojaron el Gobierno internacionalmente reconocido de Abdrabbuh Mansur Hadi. Un año después se formalizó una alianza entre los hutíes y el anterior presidente del país, Ali Abdullah Saleh, otrora enemigos. Por su lado, los saudíes consiguieron el aval del Consejo de Cooperación del Golfo para lanzar una operación militar con el objetivo de restituir a Hadi en el poder. Este conflicto se sumaba así a otros focos de tensión en Yemen como la presencia de Al-Qaeda de la Península Arábiga (AQPA) en la provincia de Hadramut y el resurgimiento de movimientos secesionistas en el antiguo Yemen del Sur. El posicionamiento del resto de actores regionales ilustra el carácter líquido de las alianzas. La operación militar liderada por Arabia Saudí ha contado con la participación de Egipto, Marruecos, Jordania, Sudán, los Emiratos Árabes Unidos, Qatar, Kuwait y Bahrein. Sin embargo, EAU, a través del Jeque Mohamed bin Zayed Al Nahyan, príncipe heredero de Abu Dhabi y comandante de las fuerzas armadas emiratíes, dio por terminada su implicación a mediados de junio de 20168. Este movimiento indica que, a pesar de situarse en un mismo bando, Emiratos Árabes Unidos busca preservar cierto margen de maniobra y que no se siente igualmente amenazado por el ascenso de los hutíes. Hay informes que apuntan que no solo los hutíes sino AQPA y la inestabilidad en el sur lo que preocupa a los emiratíes. Aún más relevante fue la negativa de Pakistán en abril de 2015. Islamabad, a pesar de ser un aliado tradicional de los saudíes, temía verse arrastrado a una guerra sectaria que amenazaría su cohesión social (el país tiene una importante minoría chií, que según las fuentes representa entre el 6 y el 20% de la población).

En paralelo, Arabia Saudí ha promovido una coalición antiterrorista que reúne a más de 40 países. Cuando se anunció su creación se interpretó como un nuevo movimiento para aislar a Irán. No obstante, algunas ausencias revelan que la idea que Arabia Saudí ejerce el papel de líder del mundo suní contra un Irán chií, no se corresponde plenamente con la realidad. Argelia, por ejemplo, declinó la oferta de unirse a la coalición y, respecto a Yemen, se ha posicionado a favor de una solución política negociada9. En cambio, a pesar de no participar en la guerra en Yemen, Pakistán sí que se ha implicado en esta coalición hasta el punto que al frente de la misma se ha nombrado a un general retirado pakistaní, Raheel Sharif10.

Finalmente, y a diferencia de Siria, las potencias globales han optado por un perfil bajo en Yemen. Rusia declinó la invitación hecha por Saleh para implicase en este conflicto11. Y Estados Unidos, a pesar del respaldo formal al Gobierno de Hadi, se mostró crítico (al menos durante el período Obama) con la forma en que Arabia Saudí estaba conduciendo las operaciones. Su prioridad en Yemen sigue siendo la lucha contra AQPA y las células del EI.

 
 

La renovada amistad entre Rusia y Turquía ha sido descrita como un matrimonio de conveniencia, una unión que no está fundada en un proyecto común

 

Rusia y Turquía: de la crisis a la reconciliación

La relación entre ambos países es un ejemplo de rivalidad líquida. Ankara y Moscú apoyan a grupos rivales en Siria y se situaron al borde del conflicto cuando el 24 de noviembre de 2015 Turquía derribó un cazabombardero ruso que había entrado fugazmente en su espacio aéreo. En un intento de exhibir músculo, Ankara convocó una reunión de la OTAN. Rusia anunció que no tomaría represalias militares pero sí sanciones en sectores estratégicos. También modificó su “política kurda” permitiendo la apertura de una representación del PYD en Moscú y suministrándoles armas. Además, el Kremlin lanzó una durísima campaña de comunicación, acusando al círculo más íntimo de Erdogan de financiar al EI a través de la compra de petróleo. Este mensaje se propagó desde los medios afines e incluso desde el propio Ministerio de Defensa ruso.

Hasta entonces Turquía y Rusia habían conseguido que su rivalidad en Siria no alterase lo esencial de las relaciones bilaterales. Turquía es uno de los destinos turísticos preferidos por las clases medias rusas y Rusia es, para Turquía, un importante socio comercial y el principal suministrador energético. Además, ambos países habían firmado un estratégico proyecto en el ámbito nuclear. Poner todo esto en peligro sugería que, o bien que se había traspasado el umbral de desconfianza o que la situación en Siria estaba tan abierta que ambos temían perderlo todo y estaban dispuestos a asumir mayores riesgos.

No obstante, en menos de un año, la situación volvió a cambiar. Suele atribuirse la reconciliación al intento de golpe de estado del 15 de julio de 2016. Esa interpretación sugeriría que Erdogan habría recurrido a Moscú ante el poco apoyo recibido por parte de sus socios occidentales. Pero el deshielo ya se había escenificado dos semanas antes de la intentona golpista. Fue el 27 de junio, día en que Erdogan emitió una disculpa oficial y Rusia respondió anunciando que levantaría las sanciones12.

¿Qué cambió entre noviembre de 2015 y junio de 2016? El primer ministro Davutoglu (artífice de la política hacia Siria) había dejado el cargo. Se había intensificado la violencia entre las fuerzas de seguridad del Estado y el PKK y Turquía tenía que cortar cualquier apoyo ruso, directo o indirecto, a esta organización. En el norte de Siria, milicias mayoritariamente kurdas de la SDF-YPG habían logrado grandes avances y cada vez era más factible conectar territorialmente los tres cantones kurdos, controlando así buena parte de la frontera entre Turquía y Siria. Y en el resto de Siria, al-Asad ganaba terreno a los rebeldes.

Así pues, la reconciliación se produjo desde una posición de fuerza por parte de Moscú. Turquía se sentía amenazada y veía cómo sus aliados en Siria retrocedían. Se trataba de salvar lo esencial y garantizarse, sino el apoyo, la neutralidad de Rusia si intervenía en el norte de Siria para frenar el avance kurdo. Esto se materializó con el lanzamiento de la operación Escudo del Éufrates el 24 de agosto. La renovada amistad entre Rusia y Turquía ha sido descrita como un matrimonio de conveniencia13. Una unión que no está fundada en un proyecto común o un vínculo emotivo sino en un interés coyuntural. Por consiguiente, puede disolverse rápidamente si una de las partes (o ambas) considera que la otra es prescindible.

Arabia Saudí y Egipto: del apoyo al distanciamiento

La supuesta alianza entre las dos principales potencias árabes de Oriente Medio ha dado tres bandazos en cinco años. El primero se produjo en 2011. Los saudíes habían implorado a Mubarak que resistiese. Tras su caída y especialmente tras la elección del islamista Mohamed Morsi en 2012 las relaciones entre egipcios y saudíes fueron enfriándose. Qatar empezó a prestar el apoyo financiero que antes dieron los saudíes. Doha veía el cambio político como una oportunidad para aumentar todavía más su influencia regional.

El segundo giro se produjo en julio de 2013 tras la destitución de Morsi y el encumbramiento de Abdelfatah al-Sisi como nuevo hombre fuerte del país. Qatar se retiró y Arabia Saudí recuperó su posición dominante. A pesar de que en Siria no coincidían plenamente, ambos se esforzaron para evidenciar que volvían a ser aliados.

El tercer giro fue más progresivo. Con la llegada al poder del rey Salman y el ascenso de su hijo, el príncipe Mohamed, los saudíes suavizaron la política hacia los Hermanos Musulmanes. Los saudíes estaban dispuestos a establecer alianzas puntuales con este movimiento si eso les permitía enfrentarse mejor a la amenaza iraní. Esta posición era claramente incompatible con la visión egipcia, para quien los hermanos seguían siendo una amenaza existencial. Poco a poco se enfriaron las relaciones. Sin embargo, el acontecimiento que aceleró el distanciamiento fue cuando Egipto se alineó con Rusia en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas en dos votaciones sobre Siria. Los saudíes respondieron suspendiendo el suministro de petróleo obligando a los egipcios a buscar otros suministradores, como Argelia o Irak. Incluso se abordó el tema con las autoridades iraníes en una excepcional visita del ministro egipcio de Energía, Tarek el-Molla, a Teherán en noviembre. Para Riad esta visita fue una provocación, del mismo modo que Egipto vio como una traición la que poco después una delegación de alto nivel saudí visitase la construcción de la Presa del Gran Renacimiento Etíope y que se anunciase la construcción de una base militar saudí en Djibouti14.

A lo largo de estos cinco años observamos dos patrones que ayudan a entender mejor la conformación de alianzas en la región. El primero, es qué vulnerables son las alianzas ante cambios en la política interior de sus componentes, especialmente si se producen en un potencia regional o si el grupo que accede o es expulsado del poder forma parte de un movimiento político de alcance regional. El segundo es que cuando se tienen expectativas distintas sobre la naturaleza de las alianzas suelen producirse malentendidos y se multiplica el riesgo de tensión.

Los saudíes han intentado forjar un bloque suní y consideran que Egipto, naturalmente, ha de formar parte de él. Riad cree que la función de este bloque es contener a Irán y ha intentado institucionalizar dicha alianza a todos los niveles. En cambio, Egipto prefiere mantener su autonomía y definir su posición caso por caso y en función de sus intereses nacionales y no de los intereses de un supuesto bloque suní. Entre otros motivos porque lo que el actual Gobierno define como una amenaza existencial no es el ascenso de Irán sino la infiltración de un grupo eminentemente suní como los Hermanos Musulmanes.

Por tanto, a diferencia de las tensiones que hubo entre ambos países durante el siglo pasado, no es la disputa por el liderazgo regional lo que explica las fases de aproximación y, sobre todo, de distanciamiento, sino el hecho que no siempre compartan la percepción de quién o qué es una amenaza existencial y cuál es la mejor forma de hacerle frente.

 

Fuente: Kurdishstruggle, “Kurdish PKK guerrilla”, diciembre de 2016.

Y mientras tanto, en el Magreb…

El Magreb ha ocupado, generalmente, un lugar periférico en los grandes movimientos geopolíticos de la región. No solo por su situación geográfica, sino porque en esta subregión todo ha girado en torno a la rivalidad entre Marruecos y Argelia.

Tras el estallido de la Primavera Árabe varios países del Golfo pero también Turquía multiplicaron su presencia en Túnez y Libia, ya fuera para preservar o para aumentar su influencia regional. Por su lado, Marruecos y Argelia adquirieron un papel más proactivo en Oriente Medio. Marruecos se alineó plenamente con los saudíes, como lo demuestra su implicación en las operaciones militares en Yemen. Argelia, por su lado, apostó por intentar encontrar soluciones políticas a los conflictos abiertos en la región. En esa línea, Argel reforzó los contactos políticos con Irán, aunque intentando evitar entrar en oposición directa con los saudíes. Esto le permitió, por ejemplo, mediar entre saudíes y egipcios de cara al acuerdo del OPEP de septiembre de 2016 para subir el precio del crudo.

Estos movimientos tuvieron repercusiones diplomáticas sobre el contencioso del Sáhara Occidental. Marruecos consiguió que los países del Consejo de Cooperación del Golfo se alinearan con sus posiciones y boicotearan la cumbre entre países africanos y árabes que tuvo lugar en Malabo en noviembre de 2016, como protesta por la presencia del Polisario. En cambio, Egipto sí que acudió. Marruecos lo interpretó como una muestra de acercamiento entre Argel y El Cairo que se sumaba a otras decisiones polémicas como el hecho que en julio de 2016 Egipto decidiese no sumarse a una lista de 28 países que pedían la expulsión de la República Árabe Saharaui Democrática (RASD) de la Unión Africana y que en octubre del mismo año acogiera a una delegación del Polisario en un congreso parlamentario árabe-africano15. Una vez más vemos que lo sólido convive con lo líquido. Sólida es la rivalidad entre Argel y Rabat y sólida es la alineación marroquí con las posiciones del Consejo de Cooperación del Golfo, en general, y de Arabia Saudí, en particular. En cambio, la diplomacia argelina apuesta por lo líquido, por convertirse en un actor pivote, en un posible mediador y en un interlocutor indispensable.

Estados Unidos y sus aliados regionales: ¿crisis de confianza?

Uno de los pilares de la política estadounidense en Oriente Medio ha sido su alianza con cuatro de las cinco potencias regionales: Arabia Saudí, Egipto, Israel y Turquía. En grado diverso y a través de estructuras más o menos formalizadas, Estados Unidos garantiza su seguridad.

Sin embargo, la confianza ha ido debilitándose, especialmente durante la administración Obama16. Las críticas estadounidenses sobre la forma en que estos países abordaban crisis internas o sobre su implicación en conflictos regionales no han sentado bien. Menos aún gustó el empeño por sellar el acuerdo sobre el programa nuclear iraní, sobre todo en la medida que el fin de las sanciones podría proporcionar a Irán recursos adicionales para financiar grupos que desde Israel o Arabia Saudí se perciben como amenazas directas. Para Ankara la colaboración entre Estados Unidos y las milicias mayoritariamente kurdas de SDF-YPG en el norte de Siria es una amenaza en tanto que esta ayuda militar podría acabar en manos del PKK.

Por todo ello, buena parte de los antiguos aliados de Estados Unidos están expectantes ante un posible viraje de la política norteamericana en la región. Tras la elección de Trump algunos no solo están expectantes sino también esperanzados. Israel querría que cumpliese la promesa de trasladar la embajada estadounidense de Tel Aviv a Jerusalén. Egipto espera que incluya a los Hermanos Musulmanes en la lista de organizaciones terroristas. Turquía confía que su llegada facilite la extradición del clérigo Fethullah Gülen pero se pregunta cómo, dónde y de la mano de quién intentará establecer zonas seguras en Siria. Y en el Golfo se cuestionan cuán lejos irá Trump en su oposición a Irán.

Aunque vean oportunidades, en todas las capitales de la región continúan preguntándose cuán sólido es el compromiso norteamericano con la seguridad de la región. Que Estados Unidos actúe impulsivamente, como indican los primeros gestos de la administración Trump, puede generar satisfacciones inmediatas pero intranquilidad a largo plazo.

Conclusión: mayor incertidumbre y mayor inestabilidad

En la alianza y en la rivalidad lo sólido convive con lo líquido. Sin embargo, en los diversos conflictos que atraviesan Oriente Medio los apoyos son cada vez más endebles. Las alianzas permanentes escasean. Los que ayer fueron enemigos trabajan juntos y supuestos aliados se enfrentan en varios frentes de conflicto. Es una época de desencuentros coyunturales y reconciliaciones fugaces.

Para no perderse hay que detectar aquellos acontecimientos que provocan un cambio en la percepción de quién o qué constituye una amenaza existencial. Son hechos que alteran el compás de un baile de alianzas que tiene lugar en tres escenarios distintos: el local, el regional y el global. Es un ejercicio en el que, para acabar de complicar las cosas, participan distintos tipos de actores: organizaciones regionales, estados, grupos políticos transnacionales y milicias, entre otros.

Algunas potencias regionales, como Arabia Saudí y quizás Irán, todavía aspiran a liderar bloques sólidos. Sin embargo, el resto de actores prefieren preservar su autonomía para adaptarse a nuevas circunstancias y no quedar descolgados. Sus comportamientos son menos previsibles, prima la desconfianza y, con ello, el riesgo de movimientos bruscos y reacciones defensivas.

No es ni el único ni el principal motivo pero el carácter líquido de las alianzas también está contribuyendo a que Oriente Medio y el Norte de África sea una región más inestable y menos predecible.

NOTAS

  1. Aranews, “US top commander: SDF is the most capable anti-ISIS force”, 1 de septiembre 2016.
  2. Mattia Toaldo y Mary Fitzgerald “A quick guide to Libya’s main players”, Londres, ECFR.
  3. Patrick Kingsley in Cairo, Chris Stephen and Dan Roberts in “UAE and Egypt behind bombing raids against Libyan militias, say US officials” The Guardian, 26 de agosto 2014.
  4. Khalifa Chater “Libye, la médiation des pays du voisinage”. L’Economiste Maghrébin, 21 de febrero 2017; Omar Shabbi “Algeria pushes for national dialogue in Libya”, Al-monitor, 30 de septiembre 2014.
  5. Tom Stevenson “Flip-Flops and Kalashnikovs” London Review of Books, 2 de marzo 2017.
  6. Karim El-Bar “Leaked tapes expose Western support for renegade Libyan general”, Middle East Eye, 8 de julio 2016; Karim El-Bar “UK troops ‘operating from French-led Libyan base aiding renegade general’” Middle East Eye , 23 de junio 2016; Chris Stephen,“Three French special forces soldiers die in Libya”, The Guardian, 20 de julio 2016;
  7. Aidan Lewis,“Russia turns to Libya with show of support for eastern commander”, Reuters, 17 de enero 2017.
  8. Gulf News, “War over for Emirati troops in Yemen: UAE”, 3 de abril 2017.
  9. Yazid Alilat “Menée par l’Arabie Saoudite: Une coalition de 10 pays bombarde le Yémen”, Le Quotidien d’Oran, 28 de marzo 2015.
  10. Taimur Khan “Pakistani chief of Saudi-led antiterror coalition is a message to Iran”, The National, 8 de enero 2017.
  11. Mohammed Ghobari,Tom Finn and Alexandra Hudson “Yemen’s ex-president says could work with Russia to ‘fight terrorism’”, Reuters, 21 de agosto 2016.
  12. Andrew Roth and Erin Cunningham “Turkish president apologizes for downing of Russian warplane last year”, The Washington Post, 27 de junio 2016.
  13. Henri J. Barkey “Putin and Erdogan’s Marriage of Convenience” Foreign Policy, 11 de enero 2017.
  14. Middle East Eye Staff “Egypt-Gulf relations tested by Saudi visit to Ethiopia dam”, Middle East Eye, 19 de diciembre 2016; Al Araby “Egypt-Saudi tension bubbling over planned Djibouti base”, Al Araby, 6 de diciembre 2016.