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"Las causas del nacionalismo", Luis Racionero

Los primeros nacionalistas, que fueron los alemanes, surgieron por combinación de un orgullo cultural herido y una visión histórico-filosófica que curase la herida. Primero eran un grupo de francófobos ilustrados y descontentos; luego, bajo el impacto de la invasión napoleónica, siguió un amplio movimiento popular. A continuación siguieron otras naciones, en parte influenciadas por la retórica alemana y en parte por circunstancias similares que crearon un malestar parecido y generaron el mismo remedio. Después de Alemania siguen Italia, Polonia y Rusia; más tarde las nacionalidades balcánicas y bálticas e Irlanda, hasta llegar a nuestros días con las repúblicas y dictaduras en Asia, en África y los nacionalismos regionales y étnicos en Francia, Inglaterra, Bélgica, Córcega, Canadá, España o Chipre.

Ninguno de los profetas del siglo XIX ­predijo nada de esto. Los liberales pensaron que la democracia era la forma más satisfactoria de la organización humana y que el Estado nacional era la unidad normal de gobierno autónomo de los grupos sociales, y que estas naciones tenían un comportamiento racional y vivirían en paz y armonía entre ellas. Los marxistas, por su parte, conside­raron el nacionalismo como históricamente reaccionario.

Eric Fromm, en El miedo a la libertad, explicó exhaustivamente que el individuo en las economías industriales había sido arrancado de la malla social que existe en las sociedades tradicionales. De hecho, el proceso de desarrollo económico, que tiene como lado positivo el aumento de nivel de vida material, presenta como aspecto negativo una serie de problemas psíquicos causados por la rotura de los lazos que existían en la sociedad preindustrial: los gremios en el trabajo, la parroquia en lo religioso, el barrio en la ciudad, las fiestas populares, los amigos, el tiempo libre y, sobre todo, la familia extensa. Cuando el individuo rompe con todas esas cosas y se convierte en el habitante solitario de la metrópoli industrial, siente un vacío interior por falta de pertenencia a todos esos grupos que ahora ya no existen, y entonces –dice Fromm– siente miedo a su libertad y se entrega a grupos colectivos por fanáticos que sean. Fromm se refería a la entrega de los alemanes al nazismo, pero sigue siendo válido para todo tipo de adscripción a un fanatismo, sea el fundamentalismo religioso o el más inocuo de hacerse hincha del Barça o del Atlético de Madrid.

La necesidad de pertenencia la estudió Abraham Maslow, que la sitúa en una jerarquía de necesidades que son: subsistencia, seguridad, pertenencia y realización. Sólo cuando la primera está cubierta aparecen las siguientes, y así sucesivamente, de modo que sin subsistencia no hay seguridad y sin esta ya no se llega a desear la pertenencia; de igual modo el individuo no llega a desarrollar sus necesidades de autorrealización, que son en definitiva la finalidad de la vida. Sin un sentido de pertenencia como el que tenía en la sociedad tradicional, por familia, parroquia, gremio y barrio, el individuo se siente psicológicamente descentrado y no consigue pasar a ocuparse de la necesidad más importante de su vida, que es el proceso de autorrealizarse. Y como no puede volver atrás en busca de sus señas y pertenencia, a menos que regrese a su aldea, si es que la tiene, se busca su pertenencia en cualquier tipo de los fenómenos supuestos por Fromm como escapatoria a la libertad individual sin ligazones de ­grupo.

Me parece que esta y no otra es la causa profunda de la actual pujanza de los nacionalismos. Y si es así, resulta totalmente comprensible, ya que la sociedad industrial no ha sabido organizar grupos de pertenencia satisfactoria más allá de los clubs de fútbol. Nos guste o no, parece que ningún movimiento político actual podrá asentarse a menos que se alíe con el sentimiento nacionalista. Esta es una herencia que nos ha dejado la rebelión romántica contra el cosmopolitismo cultural del siglo de las luces: la gente está todavía psicológicamente más cerca del Romanticismo que de la Ilustración.

Decía Toynbee que la democracia reducida a estados chauvinistas – parochial es la palabra inglesa– degenera en nacionalismos, porque el campo de acción de la democracia es toda la humanidad. Hasta que no exista una democracia mundial expresada y gobernada a través de la ONU, la instauración de democracias no es incompatible con fuertes impulsos nacionalistas, como acaba de verse en Europa Occidental.

Existe consenso entre los politólogos en que el nacionalismo cultural es perfectamente deseable, mientras que en lo político no tanto. El nacionalismo de Francia o Inglaterra va a retardar la unión europea. Dentro de los países, el nacionalismo de las regiones o nacionalidades históricas lo único que hace es encarecer la administración, sobre todo cuando, por una situación transitoria, coexisten la burocracia central y provincial jacobina con la autonómica. Cuando, además, por razones políticas coyunturales, el Gobierno central ha de agradecer los favores de los partidos nacionales, el coste aumenta.

Por eso conviene aceptar los nacionalismos en sus diversas escalas y facilitar su libre manifestación en lo cultural. En lo político, cuando el mundo esté unificado habrá una jerarquía escalonada de democracias y gobiernos a nivel de barrio, municipio, comarca, región, nación, mercado común, mundo. Mientras esto se fragua, estaremos obligados a sufrir los embates del irracional nacionalismo, que es tan irracional en Madrid como en Barcelona y viceversa.

15/12/2017 - lavanguardia